Smoke, yo quiero entrar a charlar en ese estanco

Por JD Romero, @JD_Romero23 y David Rodríguez, @davidjguru

 

Hay lugares que nos transmiten una extraña sensación acogedora y como no podía ser de otra manera, algunos de esos sitios específicos han sido utilizados por los escritores y directores de cine para situar sus historias en un contexto que nos evoca cercanía y naturalidad pero con un toque auténtico y diferenciador. Stephen Frears lo logró completamente con su Alta Fidelidad en el 2000, su película narraba las pequeñas historias de John Cusack y Jack Black como excusa para darnos lo que queríamos; una cinta donde los protagonistas están la mayor parte del tiempo en una tienda de discos de vinilo debatiendo sobre películas, música o cómics (algo así como lo que hacemos en la redacción de Can it be all so simple pero cambiando la tienda de discos por nuestra redacción o cualquier cafetería con terraza). Nos encanta la versión cinematográfica de Alta fidelidad pero Frears partía con ventaja, y esa no era otra que contar con el maravilloso libro en el que se basaba el filme: una joyita pop en forma de libro tan accesible como disfrutable que escribió Nick Hornby cinco años antes de ser llevado a la gran pantalla.

En The Barbershop 1 y 2 -ahora están realizando la tercera parte- un correcto Tim Story situaba a Ice Cube, Cedric The Entertainer y a la (en su día exitosa) rapera Eve en una peluquería de barrio que no sólo sirve para cortar el pelo a los ciudadanos que viven en los alrededores, sino que sirve como punto de encuentro y lugar de debate y conversación entre personajes de toda índole dentro del mismo marco social. The Barbershop se basaba en las escenas de la barbería de la archiconocida El príncipe de Zamunda, película que dirigió John Landis a finales de los ochenta y en la que Eddie Murphy y un súper carismático Arsenio Hall se maquillaban dando vida a todos los personajes que se citaban en el local en el mismo momento, aconsejando al príncipe Akeem sobre mujeres y discutiendo acaloradamente sobre Rocky Marciano.

CIBASS Smoke, Paul Auster, Harvey Keitel y Waine Wang

Paul Auster, Harvey Keitel y Wayne Wang en el set de Smoke. Miramax / NDF

Centrándonos en Smoke, podemos decir que Wayne Wang (o mejor dicho, Paul Auster como autor del libreto) nos aproxima a ese tipo de lugares acogedores donde narrar pequeñas historias. Un sitio cotidiano como un estanco donde podemos sentirnos identificados y, por lo tanto, esas historias ínfimas nos sacuden y nos parecen nuestras, aun estando completamente alejadas del gigantismo y la exageración en la mayoría de guiones de cine. Menos es más.
Wang y Auster no son tontos y el estanco lo tiene todo; esa esquina de Brooklyn con los muebles usados de madera en el interior y una curiosidad: la mayoría de la mercancía que hay en la tienda no es tabaco, sino puros. Ya saben las connotaciones que tienen los puros mucho más allá de su uso ostentoso: es hoja de tabaco natural, liada a mano y sin aditivos, completamente alejada de lo artificial de los cigarrillos y sus características objetivamente nocivas para la salud a la par que pasado de moda o muy cerca de estarlo incluso en aquel momento. Las pequeñas historias se entrelazan, se unen y se desarrollan y nos llevan a otra película: Haz lo que debas, de Spike Lee.
En el año 89, un jovencísimo Lee nos situaba también en Brooklyn para narrarnos una fábula general formada por pequeñas crónicas personales que tenían un punto en común, la pizzería de Sal. Danny Aiello bordaba su papel de pizzero junto a John Turturro, Spike Lee, Samuel L. Jackson, Rosie Pérez y unos jovencísimos Martin Lawrence y Giancarlo Esposito, que curiosamente también aparece en Smoke. Encontramos también numerosas similitudes en la celebrada película de Lee aunque con un resultado menos polémico, racial y explosivo, la pizzería era un lugar donde casi todos acababan yendo en un momento u otro del día y al final la carga emocional que cada uno llevara a sus espaldas acababa saltando en el que era el punto común de encuentro.

CIBASS Smoke Harvey Keitel y William Hurt

Harvey Keitel y William Hurt en Smoke. Miramax / NDF

Para narrar historias de la gran ciudad, tal vez nada mejor que los sitios pequeños: cuando la ciudad ha alcanzado un tamaño y unas dimensiones gigantescas y ya es una masa urbana saturada de contaminación, cemento y pobreza el alineamiento de la personalidad de la ciudad se disuelve con respecto a las historias individuales. La ciudad ya es demasiado grande, demasiado bastarda. ¿Dónde reflejar esa psique? ¿cómo establecer de la mejor manera posible esa “psicogeografía” que intenta devolver a la persona al centro del relato? tal vez localizando un sitio particular, único, relativamente pequeño y donde la persona sea el eje de la historia. Un lugar a escala para el ser humano. Un pequeño rincón personal en un entorno totalmente despersonalizado. La última ocasión para encontrar un reducto donde impere un espíritu, un pequeño colectivo, una conversación, una comunidad.

Tal vez esta pueda ser la intención principal de Wayne Wang y por extensión, de Paul Auster: generar un relato de comunidad, de un pequeño grupo de individuos acostumbrados a relacionarse entre sí hasta generar una amistad, una especie de afecto que pueda blindarlos frente a la desolación de la jungla de asfalto que es la gran ciudad. Pero esto es hacer cábalas, y si estamos dispuestos a hacerlas, hagámoslas bien. ¿Qué buscaba contar Auster en esta película? ¿Cuál era su intención positiva? partiendo de la base de que “Smoke”, en realidad, es la versión expandida de una idea, de un texto escrito por Auster y publicado originalmente en el New York Times en 1990 tal vez podamos realizar una cierta inferencia acerca de la intencionalidad del autor.
El germen, la semilla de esta película está en el cuento “El cuento de navidad de Auggie Wren”: esa pequeña historia que Auggie le cuenta al sosias del propio Paul Auster en la película, llamado Paul Benjamin (segundo nombre de Auster). En esa historia que vemos al final de la película en blanco y negro, recreando el relato que previamente Wren le ha ofrecido como un regalo a Benjamin coexisten varias claves útiles para la interpretación de la obra: es un cuento de Navidad, pero esta no aparece explícita. Se le supone una intención positiva, pero en realidad la buena acción de Auggie queda marcada también por su contraria: hace compañía a la anciana. Pero también le roba. Una cosa es una cosa y su contraria a la vez, en la misma oportunidad, en el mismo momento temporal, algo así como que Thomas Cole sea Rashid o el mismo Paul Benjamin en cualquiera de las situaciones en las que se desenvuelve. Y seguramente tenga razón y bajo cierto prisma, no esté mintiendo: solo manteniendo un relato con reminiscencias de ese gusto por las dobles identidades que siempre aparecen de una manera u otra en la obra literaria de Auster.

SMOKE, Harvey Keitel, 1995

Harvey Keitel como Auggie Wren en Smoke. Miramax/NDF

Soledad, comunidad y el paso del tiempo. Y de fondo esa Nueva York mostrada de manera honesta, esa esquina de Brooklyn donde nunca pasa nada y sin embargo cada fotografía diaria sale distinta.

Es cierto que Smoke es una película algo atribulada, que no funciona específicamente bien y que a ratos se atasca. Que tiene grandes pretensiones en cuanto a su misión y que sin embargo, resulta estática. Que teniendo sorpresas y ciertos giros interesantes de guión, no sube nada ni altera su ritmo. Que tiene mucho de Jim Jarmush y algo de Kevin Smith (aunque Clerks se realizase casi en paralelo), pero la respetamos y la adoramos porque es especial, y desde luego, es un ejemplo más de que Harvey Keitel podía haber ocupado perfectamente el pedestal de Robert DeNiro y sin necesidad de venderse a malas comedias por un puñado de millones de dólares.

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