Los grandes ojos de Tim Burton (Big Eyes)

Por JD Romero

Si alguna vez has tenido esa sensación de soledad, de ser un extraño, eso nunca se irá del todo. Puedes ser feliz o exitoso, pero esa sensación nunca te dejará.
-Tim Burton

Más allá de las adolescentes góticas con mochilas de Pesadilla antes de navidad o de las figuras de La melancólica muerte del chico ostra al llegar al hogar de alguien con las mismas inquietudes culturales que un pollo de granja, Tim Burton (1958) es un director con un inmenso talento. Una enorme -e indiscutible- capacidad como director que se ve tanto aupada como mermada por su particular y definido universo propio: por un lado infravalora su imagen al haber conseguido que millones de personas sin afición real por el cine se consideren fans o admiradores (con ese universo particular, personal pero accesible) y por otro le reconocemos el mérito de ser alguien realmente genuíno. Burton consiguió transformar su infancia de niño marginado en las casas prefabricadas de barriada sintética de Burbank en un mundo gris y neo-Hammer donde los monstruos huyen de las personas.

Tim Burton con sus pinturas vintage de Margaret Keane en 2014

Tim Burton con sus pinturas vintage de Margaret Keane en 2014

El cineasta es capaz de colocar y mover la cámara con una habilidad sobresaliente y es precisamente cuando se sale de su universo obsesivo cuando nos damos cuenta especialmente de su habilidad innata para el cine. Justo cuando todo el mundo reconocía el talento del director pero su incapacidad para salirse de sus propias historias entregó Ed Wood, la mejor película del director y una auténtica joya a todos los niveles. Esa preciosidad en blanco y negro que cuenta la vida de -curiosamente- el peor director de la historia le valió a Tim Burton el reconocimiento de aquellos que no veían en él más que una imaginación desbordante dentro de un universo limitado. Ed Wood, sin ser ni mucho menos un éxito de taquilla, sacó la espina al californiano que mostraba su habilidad en todo tipo de terrenos cinematográficos.

No era de extrañar que de algún modo se le ocurriese (o le encargasen) la película sobre la vida de Keane, artista que consiguió un éxito descomunal con sus dibujos de niños con grandes ojos. Keane (nacida Peggy Doris Hawkins y conocida como Margaret) se enamoró a mediados de los cincuenta de Walter, un supuesto pintor del que tomó su apellido. La artista siguió perfeccionando su técnica hasta el punto de que para finales de los cincuenta sus obras eran compradas por precios desorbitados y sus posters, grabados y postales se vendían de forma masiva en grandes almacenes y todo tipo de tiendas. La pareja llegó a aparecer en la revista Time y Keane realizó retratos de Kim Novak, Robert Wagner o Liberace.
Pero lo curioso no estaba en triunfar vendiendo arte a la masa con unos dibujos de niños apenados con ojos desproporcionados, sino que Walter se hizo pasar por el creador y ejecutor de la obra, debido a que ella al casarse adoptó su apellido y la firma por tanto era la misma. Durante doce largos años Walter se llevó el mérito, los aplausos y la atención de la prensa, hasta que que divorciaron y ella reclamó los derechos de los cuadros. Margaret retó a su ex marido a pintar frente al público en San Francisco’s Union Square, desafio al que Walter acabó por no presentarse. En 1986 y en pleno juicio, se pidió a ambos que pintaran uno de los característicos cuadros frente a la sala, Margaret terminó una de sus obras en menos de una hora y él se negó siquiera a comenzar a dibujar alegando un dolor en el hombro.

La verdadera Margaret Keane

La verdadera Margaret Keane hoy día

Dicho esto, podemos conectar directamente y de diferentes maneras a Ed Wood con Big Eyes, y es que aparte de ser dos biopics de Tim Burton que se alejan de su estética característica, ambas están escritas por los guionistas Scott Alexander y Larry Karaszewski. Además, las dos cuentan la historia de personajes atormentados por la no apreciación ni reconocimiento de su obra, Wood por su inexistente talento y Keane por la apropiación de su obra por parte de su marido.

En Big Eyes, Burton se aleja de su zona de confort con éxito. Amy Adams y Christoph Waltz brillan por encima de todo, la primera como sufrida y explotada artista en manos del segundo: sobreactuado marido sin talento pero con un apetito voraz de dinero y protagonismo. Los dos actores dan credibilidad a una historia surrealista (ya saben, la realidad supera a la ficción) donde Tim Burton destaca en los momentos emotivos pero pone el piloto automático en el resto, y es que si no fuera por esas ocasiones la película la podría haber firmado cualquiera, cualquiera con un talento similar, por supuesto.

Big Eyes de Tim Burton. The Weinstein Company / Silverwood Films / Electric City Entertainment

Big Eyes de Tim Burton. The Weinstein Company / Silverwood Films / Electric City Entertainment

Bruno Delbonnel (director de fotografía habitual de Jean-Pierre Jeunet) proporciona elegancia y colorido de acorde al recuerdo que tenemos de cada década, sin llamar la atención pero con una coherencia y lógica plausible y Danny Elfman adereza las escenas con unas partituras que acompañan perfectamente sin ser la mejor obra de su carrera. El director reafirma en Big Eyes su talento para los biopics, alejándose de su estilo visual para denunciar sutilmente el machismo de los sesenta, el maltrato o a esos críticos que desechan cualquier tipo de arte que sea aceptado por la masa. Tim Burton pasa la prueba con esta cinta melancólica como su protagonista que, sin ser una obra magna, narra con plena aptitud la vida de la artista y nos mantiene atentos durante los cien minutos de metraje, especialmente durante su segunda mitad. Los grandes ojos de Tim Burton.

CIBASS Puntuación CIBASS Tres puntos y medio


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