Velázquez, ¿le puedo tutear?

Por Ana Rodríguez, @mmetafetan

En ocasiones, la historia que nos enseñan es una catálogo de personajes planos de los que apenas sabemos nada: nacen, mueren, entre medias «hacen cosas» (cuadros, guerras, grandes descubrimientos), pero poco más, la miga de su vida nos la perdemos. No es el ánimo de ser cotilla sino algo muy simple: antes de ser historia, de ser genios o villanos, son personas.
Entre el último cuatrimestre de 2014 y el primero de 2015, Velázquez ha dejado de ser ese pintor que pintaba enanos y caballos culones (perdonen la exageración) para convertirse en un personaje dimensionado que nos genera sentimientos. La culpa, casualmente, de Javier Olivares al cuadrado. Por un lado, el más reciente, Javier Olivares, el creador de El Ministerio del Tiempo, que ha convertido a Diego Velázquez en un auténtico secundario robaplanos que genera simpatías con sus momentos egocéntricos de genio absoluto. Por otro, tenemos a Javier Olivares, ilustrador e historietista, que junto con Santiago García publicó en septiembre de 2014 Las Meninas (Astiberri, 2014), una novela gráfica que escarba en los entresijos de la obra y de su autor que ganó el premio a la mejor obra española en el pasado Salón del Cómic de Barcelona.

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Sí, yo me hice la misma pregunta. No, no son la misma persona.

La parte por el todo. La sinécdoque está a la orden del día y estamos más que acostumbrados a referirnos a alguien por un elemento esencial de su vida. Nada más tener Las Meninas entre mis manos, no sé por qué me acordé de Dublinés de Alfonso Zapico. La editorial Astiberri, el relato histórico de un referente cultural, la identificación del personaje con uno de sus datos más reconocibles…
Al igual que Zapico nos contaba la vida de James Joyce, Olivares y García nos descubren la vida de Diego Velázquez con un cierto tono de künstlerroman (una variante del conocido bildungsroman): su juventud en Sevilla con Alonso Cano y Zurbarán, su llegada a Madrid, a la corte, donde conoce a Rubens, su viaje a Italia… La primera parte de la novela gráfica nos descubre la formación del artista hasta su llegada a Venecia, Roma y Napolés. En esta etapa conoce a José de Ribera, el Españoleto, todo un personaje ya en la época, que parece hacerle reflexionar acerca de la vida y el sentido del arte. A partir de aquí la narración adopta un cierto tono «policíaco» pues se habla con diferentes personajes acerca de los méritos del protagonista para entrar en la Orden de Santiago.

Sin embargo, la biografía del autor es un esqueleto sobre el que reflexionar acerca del arte, su interpretación y la posteridad: ésa es la grandiosidad de Las Meninas, su reflexión metacultural, casi casi a la altura de El loro de Flaubert de Julian Barnes.
Olivares y García seleccionan tres elementos presentes en la obra magna de Velázquez para estructurar este discurso: la llave, el espejo y la cruz. La llave de ayuda de cámara que lleva el pintor, el espejo que aparece al fondo del cuadro en el que se reflejan Felipe IV y Mariana de Austria y la cruz de Santiago que le pintaron en el pecho posteriormente: tres elementos que representan diferentes momentos de la vida y los niveles de percepción del artista.

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Sin perder de vista para qué sirve ese objeto, la llave nos abre a la vida de Velázquez y abre la meta de convertirse en pintor de cámara; dando un paso más allá, nos lleva a la interpretación de la obra, un acto simbólico de apertura del intelecto y la sensibilidad. Foucault representa esta acción ya que en Las palabras y las cosas el filósofo francés le dedica el primer capítulo a Las Meninas, apostando por una interpretación filosófica de la obra, al margen de la historia. Curiosamente, Foucault veía el cuadro como una forma de conocimiento en la que es espectador forma parte de la representación, lo cual me hace pensar si se ha colocado esta primera referencia al inicio para indicarnos que formamos parte de la obra (del cuadro y de la novela gráfica) a través de nuestra percepción.
La fase introspectiva, de reflexión sobre sí mismo es claramente el espejo, que se amplía al arte y su vigencia en la posteridad. A la vez que se mira, Velázquez se convierte en el espejo donde otros pintores se miran, como referente al que imitar. Entre los casos que destacan está Goya y su versión burlona de Las Meninas en La familia de Carlos IV, y Picasso, que llegó a realizar 58 variaciones de la obra.
Para finalizar, la cruz de Santiago es el reconocimiento al final de su vida que va más allá de su obra, la sublimación de su triunfo. Es el momento de reinterpretar su obra, como hicieron Buero Vallejo en la obra de teatro del mismo nombre y el equipo Crónica; de rematar los detalles, como los hermanos Madrazo, que fueron los que actualizaron el concepto de la obra y rebautizaron el nombre: La familia de Felipe IV se convirtió en Las Meninas.

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Las Meninas está lleno de mil detalles de los que disfrutarás si eres un amante del arte, de pequeñas historias por descubrir, con tantas capas de las que disfrutar según lo que cada lector quiera profundizar.

CIBASS Puntuación CIBASS Cinco puntos


One Response to “Velázquez, ¿le puedo tutear?”

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