Michael Jackson multiplicado por Michael Jackson (Bad)

Por JD Romero, @JD_Romero23

Cuenta la leyenda que durante la grabación de Bad (en 1986), Quincy Jones entró al camerino de Michael Jackson en el estudio y vió la cifra “100.000.000” pintada sobre el espejo. El archiconocido productor se sorprendió y preguntó al cantante por el significado de esa cantidad, a lo que el jóven Jackson contestó “la cantidad de discos que tengo que vender de este álbum“. En aquel momento, sólo hacía cuatro años que Michael había sobrepasado la barrera de las cincuenta millones de unidades vendidas de un disco, pero ya se le hacía corta: Thriller aún vendía vinilos y cintas a diario y la gente seguía teniendo en la retina al chico de Gary con el guante de lentejuelas y andando hacia atrás. Pero ya no era suficiente.

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En agosto de 1987 salía a la venta Bad, el esperadísimo nuevo álbum del que ya era conocido como rey del pop (las anécdotas sobre la espera por parte de medios y fans son casi dementes) y una especie de amplificación del artista con sus defectos y virtudes: no sólo aparecía con aspecto caucásico en la portada (completamente maquillado para impactar, el aspecto de su piel en la época era mucho más oscura), sino que sus características musicales y tics ahora se exhibían orgullosos, descolocando a los críticos, volviendo locos a los fans. Así era Michael Jackson, perfeccionista obseso y alguien capaz de escribir, componer y grabar sesenta canciones para un álbum y seleccionar luego sólo once y desechar el resto. Ya conocen la obsesión del artista por que cada canción tenía que poder ser número uno mundial, el pequeño de los J5 no creía en las caras b ni en las canciones menores.
Anecdóticas son las colaboraciones del álbum que nunca llegaron a consumarse: Prince, Barbra Streisand, Whitney Houston, Aretha Franklin o Agneta Faltskog (del grupo ABBA). Egos desmesurados, contratos restrictivos, problemas de agenda… una serie de duetos que no se realizaron para un álbum en el que sólo Stevie Wonder (que venía de una brillantísima carrera musical en los setenta y comercial en los ochenta) se sumó a las colaboraciones musicales. También estaba Siedah Garret, que interpretó junto a MJ “I just can’t stop loving you“, pero su estatus era de gran compositora y a la vez artista semidesconocida.

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La imágen de Bad desde su portada a la mayoría de videoclips era pretendidamente engañosa: mostraba una percepción urbana del disco cuando el álbum era una obra de ingeniería de estudio perfecta, un puzzle industrial y de marketing estudiado hasta el más mínimo detalle (reuniones y reuniones para ver qué canciones quedaban dentro y cuales fuera de la selección final) y donde nada quedó a la improvisación. Aun así, no podemos decir que Bad fuera un “producto”, teniendo en cuenta las connotaciones negativas de esa palabra, el álbum es una genialidad fresca, desmesurada y una representación tangible del talento de un genio, pero también era una maquina engranada con la precisión de un reloj suizo. Desde la vestimenta de la portada (aunque la imagen iba a ser originalmente la del velo) al vídeo dirigido por Martin Scorsese, todo rezumaba ambientación callejera en un disco realizado por un talento casi extraterrestre con el apoyo de una multinacional y todos sus instrumentos.

Bad es un álbum ecléctico dentro del sello indiscutible del sonido que ya había dado Jackson en Thriller (y que luego seguiría evolucionando y oscureciéndose en Dangerous y History) y que toca casi todos los palos. Del pop machacón basado en una melodía simple de Bad o Smooth Criminal al rock de Dirty Diana, del soul-gospel de Man in the mirror al étnico de Liberian Girl o las pegadizas Another part of me, The way you make me feel y Leave me alone. Si en Thriller veíamos las virtudes y particularidades musicales de Michael como artista creador aquí se desarrollaban e incrementaban en un cóctel tan arriesgado como finalmente exitoso y es que el resultado fue magnifico pero pudo estar a un paso ser agotador desde el punto de vista del oyente.
Michael Jackson explotaba como artista en 1987, de componer sólo unas pocas canciones en su anterior disco (las mejores: Billie Jean, Beat it…) a encargarse de casi todas en este y de ser un artista jóven prometedor a reafirmarse como genio creador con un universo musical propio, una estética diferencial y una habilidad para el baile y la expresión mediante el video clip como catalizador de la música sin parangón en la historia. Jackson había salido de Motown y tenía claro que tenía que aprovechar las virtudes que Sony le podía brindar, tanto en la estructura que le ofrecía como multinacional con todos los medios como en la libertad a la hora de escribir, componer y producir (si oyen las demos que Michael grababa en casa se darán cuenta de que Quincy Jones era un mero potenciador de las ideas del cantante, pero el talento y la genialidad de los álbumes ya venía casi finiquitado).

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Puede que Michael Jackson se quedara con las ganas de llegar a los cien millones de discos vendidos con este álbum en su eterna obsesión por ofrecer un producto de inmensa calidad pero tremendamente aceptado por el público, y es que esa era la fragilidad y la fortaleza del artista: Maltratado por su padre necesitaba constantemente la aquiescencia de la gente y la aceptación por parte de sí mismo. No le bastó con Thriller e hizo Bad: el álbum pop más ambicioso de la historia y la prueba de que Jackson tenía más talento dentro que el resto de la lista Billboard. El tiempo le ha hecho justicia y hoy el disco es un icono y el jóven de Gary un semidios. Michael puede descansar tranquilo.


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