La mejor oferta de Giuseppe Tornatore

Por David Rodríguez, @davidjguru

¿Cuantas capas de imposturas pueden sobreponerse al viciado mundo del negocio del arte?
¿Cómo de rentable puede resultar la gestión de los intereses de una inabarcable soledad?

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Esta es la triste historia de Virgil Oldman, un experto en arte y agente de subastas de éxito para el que el resto de la humanidad sencillamente sobra, francamente estorba.
Una triste historia porque no pasa de ser la exposición de una pesadumbre crónica de la soledad más absoluta de su protagonista, un protagonista crucificado a medias entre su vocación monacal casi completa y una patología severa que le hace evitar el contacto humano en la medida de lo posible, asumiendo solo el producto mínimo viable, lo esencialmente necesario para mantenerse vivo y continuar desarrollando su profesión y su reputación de alto experto artístico.

Es ‘La mejor oferta’ tal vez uno de los mejores cuadros pintados por Giuseppe Tornatore, aquel director que nos tocó bien dentro con aquel ‘Cinema Paradiso’ y que desde entonces ha sobrevivido a muchos intentos de asesinato por parte de la crítica y algunos escándalos de financiación Berlusconiana (las ramas del dinero en Italia pueden llegar a tener muy pocas raíces comunes cuando uno se aventura a investigar en profundidad). Tornatore vuelve al arte, a la sensibilidad, al ritmo sosegado, a la estructura narrativa simple que va desencadenando lentamente una serie de sorpresas y de evoluciones que nos mantienen atentos mientras disfrutamos.

Se mueve Virgil Oldman en un universo construido para la contención del prójimo: aislado, soltero, parco en palabras y observador silencioso. Paso a paso vamos viendo e interpretando sus motivos principales: desde una dimensión Freudiana, podríamos asumir que incapaz de gestionar las relaciones, se dedica a atesorar la belleza del universo femenino en su bunker personal, en un proceso extraño de líbido sublimada a través de la posesión material de representaciones excepcionales de la mujer. De sus mujeres, a las que como un ‘voyeur’ impotente mira sin descanso.

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Vemos al protagonista mentir, manipular tranquilamente precios y valor para satisfacer sus pulsiones, configurar un sistema de ‘amistad’ para dotarse de herramientas que pueda utilizar para lograr sus fines. Pero sus herramientas tienen condición humana, y el dolor y molestia que genera sin empatía alguna cierto día vendrán a pasarle factura.

Al final, el hombre solitario descubre una grieta en su armadura, una posibilidad que abre el camino de lo viable haciéndole despreciar su rechazo a la incertidumbre. La oportunidad de resolver un caso extraño que excita su intelecto. La ocasión de sentir y tocar el amor, un amor extraño como él, aparcado entre paredes, aislado del mundo. Y en eso, nuestro protagonista resulta ser tan estúpidamente básico y absurdamente elemental como el resto de los hombres, asumiendo que si se es hombre es para ser caballero andante, para rescatar a una dama en apuros, para sacar del castillo a una princesa que vive enclaustrada aspirando a vivir el mundo real. Como en el caso de la mayoría de nosotros, el patriarcado acaba saliendo para motivarnos a ofrecer lo mejor que hay en cada uno, a asumir que solo nosotros podemos hacer feliz a alguien y que tal vez el amor lo pueda todo y todo lo transforme. Los mismos errores de siempre, el mismo estúpido orgullo masculino de toda la vida. Incluso en nuestro protagonista, que no duda en adaptarse y transformarse a si mismo para poder alimentar su sensación de salvador.

Lástima. Porque en ese salto cualitativo, en la apuesta acerca de descubrir quien es, que hace, los motivos del sufrimiento de su extraña y distante amada, en su intento atrevido de vivir en la incertidumbre nuestro protagonista termina perdiendo la partida. Pagando las cuentas pendientes. Sufriendo. Y la incertidumbre se convirtió en la principal trampa. Tras su evolución y transformación en alguien más capacitado, en un gran giro de todos los acontecimientos clave en la película, el mundo termina dándose la vuelta, ofreciéndole una misma vista a partir de un espejo invertido. Que nada parece que pueda vivirse sin tener que rendir cuentas, aunque sea a uno mismo.

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Una obra elegante, ordenada y armónica de Tornatore que cuenta con grandes interpretaciones, empezando por un Geoffrey Rush alejado de piratas, corsarios y blockbusters. Sólido, enfermizo y obseso en un gran cuadro pintado con mimo que incluye una excelente y sincronizada banda sonora compuesta por el maestro Ennio Morricone.

En este caso y como colofón, el amor no lo podrá todo. Pese a que Tornatore parece intentar durante toda la película que nos preparemos para un ‘Happy End’, lo que queda a modo de conclusión y epílogo no puede resultar más distante. A veces la amistad y el amor (si no admitimos que la amistad sea una subcategoría del amor) no dejan de ser unos indeterminados actos de fé.

Como anécdota final, las principales críticas de los expertos patrios. Lo que me ha llamado poderosamente la atención mientras las leía ha sido comprobar que estaba de acuerdo con Carlos Boyero. Cosas vieres.
http://www.filmaffinity.com/es/film978376.html

 

Bola extra: playlist en el perfil de Spotify de CIBASS (cibass_blog) con la banda sonora de la película:


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