Jim Jarmusch, el hijo de Lee Marvin que se dedicaba a observar

Por David Rodríguez, @davidjguru

Decía Tom Waits de él que con quince años empezó a encanecer y que a partir de ahí, ya solo pudo permanecer al margen de casi todo. Esto tendría mucho sentido ya que al quedar excluido como un freak dentro de una cultura eminentemente aspectista (donde normalmente la forma mantiene una preeminencia total sobre el fondo), ya quedó grabado el hecho de que su posición siempre sería la de un tercer observador silencioso y distante, un anotador curioso, un extranjero entre iguales, un niño muy raro girando sobre grupos de niños raros.

Solitario, niño perdido, observador, íntimo. Dedicado a la literatura, casi siempre en un proceso de introspección (tal vez la mejor opción dentro de ese Ohio de la década de los sesenta).
La biografía de Jim Jarmusch aparece repleta de saltos, de paradojas, de caminos que se bifurcan y que luego vuelven a encontrarse. Fotográfo, escritor, poeta. Las posibles dimensiones ocuparían muchas páginas. Pero no hay aquí intención hagiográfica alguna: solo necesitamos localizar el mapa de soledades que permitió a este creador convertirse en el director de cine de las atmósferas, las soledades, las miradas, los diálogos breves.

CIBASS-Jim-Jarmusch-Tom Waits e Iggy Pop en coffee and cigarettes

Iggy Pop y Tom Waits en ‘Coffee and Cigarettes’ de Jim Jarmusch

Sus protagonistas, eminentemente masculinos, observan, leen, escriben, caminan. Todo para apenas lanzar al aire o a algún interlocutor desconcertado alguna frase útil, débilmente irónica, o solo una pregunta abierta. No es un azar, es todo un patrón de conducta. Meditan brevemente sus intervenciones Iggy Pop y Tom Waits, antes de intentar llevar adelante una conversación que los terminará incomodando. Medita tumbado en su sofá Don Johnston (el personaje principal de Broken Flowers, brillantemente interpretado por el ínclito Bill Murray) mientras mira al techo y se introduce poco a poco en la crisis existencial que lo llevará a buscar a su hipotético hijo no conocido (con funestas consecuencias). Parece meditar Ghost Dog mientras su amo y señor, el mafioso Louie, le explica que “ya nada parece tener sentido”: el mundo sobre el que intentamos vivir está enloquecido y ha perdido el juicio, y Jim Jarmusch lo sabe. Demasiado europeo para tratarse de un WASP estadounidense que hace cine (aunque la -p- de Protestante tiene poco sentido aquí), demasiado estadounidense para una profundidad europea.

CIBASS-Broken-Flowers de Jim Jarmusch

Bill Murray en ‘Broken Flowers’ de Jim Jarmusch

Sus historias transcurren más allá de la frontera que separa el American Dream de la verdad profunda, la de los barrios humildes, de los explotados, de los solitarios, de los nocturnos. Desinteresado absolutamente de los grandes relatos de éxito, se centra en el gran cuerpo “oculto” del iceberg social, lo que viene ocurriendo en el “below the line”, lo urbano, lo pequeño, las historias comunes y corrientes, que de por si ya vienen cargadas de la suficiente épica diaria y surrealismo, como cuando Sonny Valerio, aquel mafioso italiano de New Jersey le declara a sus congéneres que le encanta el rap y su rapero favorito es Flavor Flav ¡Flavor Flav!. No hay lirismo cinematográfico alguno, es solo un golpe de realidades posibles.

 

Mafiosos italianos charlan sobre Ghost Dog y el mundo del rap:

 

¿Qué nos quedará del niño solitario que observa el mundo? sus historias creativas, sus tramas sencillas, su ironía sensible, su humor comedido. Su gusto por la noche, en la que sus cinco taxistas recorren ciudades transformadas en laberintos y destapan alfombras regionales donde habita la verdad, mucha verdad: la globalización explicada por Jim Jarmusch.

Nos quedarán también sus juegos, como aquel que le llevó a fundar una sociedad semi-secreta de personas que por su morfología facial bien podrían haber sido hijos de Lee Marvin, ¿no hay algo de poesía en enorgullecerse de ser el posible hijo de un dios menor? Tal vez mucha. Sobre todo teniendo en cuenta que tus compañeros de juegos son Tom Waits y Nick Cave, una pandilla de imperfectos locos geniales: Los hijos de Lee Marvin.

 


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