Dune de Jodorowsky, la película que no pudo ser (primera parte)

Por David Rodríguez, @davidjguru

“No conoceré el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es el pequeño mal que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allí por donde mi miedo haya pasado ya no quedará nada, sólo estaré yo.”

-Letanía Bene Gesserit contra el Miedo

 

H.R. Giger (sí, el creador de Alien) y Dalí en Cadaqués

*H.R. Giger (sí, el creador de Alien) y Dalí en Cadaqués

Suena un teléfono.

-Eh, tío, tienes que venir a la playa. Le he hablado de ti al pintor y le ha gustado mucho el catálogo de tu trabajo. Anda por aquí un chileno que está insistiendo en conocerte, está metido en algo de cine, prepara una película, creo. Tienes que venir.

+Está bien, de acuerdo, intentaré coger un avión lo antes posible. ¿Dónde dices que estaba esa playa?…

Así podría empezar de manera tangencial este relato. El emisor de la llamada es el artista Bob Venosa. El receptor es el artista suizo H.R. Giger. El pintor es Dalí, la playa es Cadaqués y el chileno es nada menos que Alejandro Jodorowsky. La película en la que anda trabajando es la adaptación al cine de la novela “Dune” de Frank Herbert.

Una película que pudo haber sido y no fue: El Dune de Jodorowsky.

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Como novela, Dune resultaba bastante completa. Era una especie de hija de la década de los sesenta y representaba de manera alegórica el cruce de varios sueños de la contracultura: la ecología, el respeto a los ecosistemas, la utilidad política de la religión para configurar y dominar sociedades enteras, la destrucción de las culturas ancestrales por parte de la supuesta civilización, e incluso el uso útil de las drogas para ampliar los estados de consciencia.

La base es espectacular pero también lo es la estructura y la forma: un gran relato sobre un universo con organización feudal dividido en grandes casas y linajes que luchan entre sí para ampliar sus riquezas y su poder.

Un universo que basa su escaso equilibrio en la explotación de una sustancia localizada en un solo planeta y que da origen a la influencia de varios monopolios espaciales basados en la gestión de la extracción y comercialización de esa especia que garantiza capacidades mentales y físicas avanzadas , adictiva y transformadora a medio y largo plazo, pero útil para sostener todo la superestructura construida por la CHOAM que fija precios y tarifas, y la Cofradía de Navegantes que se encarga de transportes y dispone de las únicas “personas” capaces de navegar a través del espacio: humanos mutados por el consumo de la especia que pueden estimar y diseñar rutas espaciales por ellos mismo sin el uso de máquinas.

Y para completar el cuadro una orden religiosa compuesta por sacerdotisas y monjas responsable de diseñar e integrar mitos en las culturas de los diversos planetas con la finalidad de asegurar el control político. Además mantienen un plan genético para cruzar el ADN de diferentes casas nobles y poder crear al legendario Kwisatz Haderach, una versión masculina que reunirá todos los poderes y técnicas de la orden para tener un importante papel en el gobierno del universo conocido.

Demasiado poder en lucha sobre un pequeño y árido planeta habitado por tribus hostiles y el secreto que domina el universo conocido: la creación de la especia Melange. Y quien controla la especia controla el Universo. Fascinante.

Incluso como novela de ciencia ficción también más allá: el universo de Dune apenas dispone de máquinas o de inteligencias artificiales. En ese futuro donde el hombre y la máquina ya se habían enfrentado por el control de un grupo sobre el otro (la Jihad Butleriana), los humanos ganan la guerra (no siempre ganan las máquinas en los futuros distópicos) y decretan la imposibilidad de construir máquinas a semejanza del hombre. Cualquier operación compleja será realizada por una casta específica de hombres configurados para ello. Un futuro ausente de tecnología avanzada. No se le puede negar el mérito.

 La novela fue desde el principio una cosmogonía útil, compleja y rica en detalles, tramas y argumentos. Una cosmogonía que terminó llegando a los oídos de otro loco genial especializado en imaginar universos enteros: Alejandro Jodorowsky.


Pura contracultura: Donald Cammell, Dennis Hopper, Alejandro Jodorowsky y Kenneth Anger en Londres, 1971

*Pura contracultura: Donald Cammell, Dennis Hopper, Alejandro Jodorowsky y Kenneth Anger en Londres, 1971

Por allá por 1974 Jodorowsky vive de manera estable en París. Ya se estrenó su película “La montaña sagrada” y anda de arriba a abajo con sus ideas y las decisiones sobre sus futuros proyectos. Un día, en eso que él llama “un movimiento de la danza de la realidad” sus amigos empiezan a charlar sobre Dune. La novela lleva ya unos nueve años en el mercado, ha ganado prestigiosos premios del sector de la ciencia ficción y ha cultivado adeptos en EEUU y Europa.

Jodorowsky escucha atentamente y hace mil preguntas sobre la obra. Su imaginación empieza a hervir, pero nadie mejor que él para contarlo:

“Una vez, la Divinidad me reveló en un sueño lúcido: ‘tu próxima película ha de ser DUNE’. No había leído la novela. Me levanté a las seis de la mañana y como un alcohólico esperando a que abran el bar, esperé a que abrieran la librería para comprar el libro. Lo leí de un tirón sin parar siquiera para comer o beber. A medianoche, justo, terminé de leerlo. Un minuto después estaba llamando a Michel Seydoux en París. El sería el primero de los siete samurais que tenía que reunir para llevar a cabo este inmenso proyecto.”

El loco Jodorowsky se pone en movimiento para localizar a los samurais que lo acompañarán en este viaje iniciático. Y nadie mejor que un buen loco para identificar y persuadir a otros locos geniales a que se sumen a la tripulación de su barco. Esto acaba de empezar.

 

Continuará…

 

 


2 Responses to “Dune de Jodorowsky, la película que no pudo ser (primera parte)”

  1. Ziggler says:

    Muy curioso, y yo sin saberlo hasta hoy

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