En recuerdo del rey de Central Park (adiós a Robin Williams)

Por Redacción CIBASS, @CIBASS_Blog

“Apartemos los hechos para centrarnos en las únicas cosas serias: las leyendas”
-Regis Debray

Esta semana nos sorprendía a todos la muerte de Robin Williams (Illinois,1951 – California, 2014), actor estadounidense y persona singular.
Somos perfectamente conscientes de que nuestra oración fúnebre ha tardado un poco más que el resto, es cierto. No es por una cuestión de esnobismo digital, ni ha sido tampoco un problema de pereza redactora. Al contrario, estos días nuestro equipo de redactores y colaboradores andan preparando artículos al ritmo habitual con entregas cumplidas con regularidad. Entonces, ¿Por qué llegamos más tarde que los demás?
La respuesta es sencilla: debíamos alcanzar acuerdos antes. Y el consenso, con vías digitales por medio, puede retrasarse un poco más cuando cada cual mantiene su propia geolocalización. El debate se estira, se detiene, se enquista y se desbloquea a un ritmo diferente solamente por el hecho de no poder compartir una sola noche de debates y cigarrillos.

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Los materiales y puntos de debate han sido pulidos entre nosotros para poder ofrecer una serie de puntos en común, a modo de manifiesto desde la redacción. Para ello necesitábamos charlar sobre conceptos tales como la depresión, el suicidio y por supuesto el papel de Robin Williams en el cine. Que de panegíricos sencillos haciendo referencias al chiste de Pagliacci contado por Rorschach en ‘Watchmen’ ya está la Internet llena.

En base a nuestros acuerdos alcanzados, digamos primeramente que no tenemos nada que objetarle al hecho de que un adulto decida desaparecer del mundo. No, no vamos a caer en el sentimentalismo barato y sencillo que sirve para encubrir esa visión judeo-cristiana de lamento junto a un mensaje de que el suicidio es algo que evitar, sobre todo porqué está íntimamente relacionada con la nada loable intención de que nadie entienda que pueda decidir sobre los actos que acometer con su propio cuerpo. Eso podría terminar llevando a intentar decidir de manera externa sobre los embarazos de unos o la gestión propia de la terminación de la vida de otros, y en nuestra opinión eso conduce inexorablemente al lado oscuro de la fuerza.
Nos deja algo tristes que alguien desee suicidarse y que lo cumpla, pero a diferencia de los sentires principales, tal vez sea por el egoísmo de saber que nos abandona a nuestra suerte. Al fin y al cabo, no terminamos de encontrar nada grave en que un adulto decida poner punto final a su existencia, a pesar de no contar con la elegancia procedimental de un Arthur Koestler o con la ofuscación por mezclar a Eros y Tánatos de un David Carradine. Decida cada cual acerca de su propio cuerpo y de su propia existencia.

Otro punto a compartir es la valoración sobre los procesos depresivos: si el genio de Aladín o Popeye pueden verse afectados por ello, es que entonces la batalla está perdida y no podremos librarnos de sufrir ese pozo sin fondo en algún momento de nuestra vida. ¿Ganaría entonces carácter de proceso natural e inevitable? ¿serviría para normalizarlo? si lo normalizásemos tal vez deslegitimaríamos  el argumentario principal de esos que alegan que estaba deprimido, como si fuese un atenuante, algo así como ‘no podía decidir por si mismo, no estaba en sus cabales, estaba deprimido.’ Y otra vez a rechazar el derecho de cada cual a dejar de existir. Otra vez el lado oscuro. Meh. Bah.

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El tercer punto tiene mucho que ver a la hora de medir y valorar la presencia de un actor como Robin Williams en la cinematografía occidental. Qué hacía, quién era y que podríamos valorar en términos positivos. Entendednos, un actor tan ‘particular’ con ese histrionismo constante, en esa sobreactuación cargante y esa sonrisa amenazadoramente chiflada nos infundía demasiado respeto. Pero hemos encontrado algunos lugares comunes sobre los que ir maniobrando en una labor de equipo que ni Phil Jackson hubiese podido alcanzar: nos quedaremos con una de sus películas.

¿Cual es la elegida?

Dejamos de lado ‘Goodmorning Vietnam’ para centrarnos en las leyendas: nos quedamos con ‘El Rey Pescador’ (Terry Gilliam, 1991). ¿Por qué nos quedamos con ella? probablemente la encontramos la más coherente, la más romántica o directamente la consideramos la mejor proyección de sus capacidades interpretativas. Al fin y al cabo ese papel de profesor universitario (sin los riesgos de alentar a los alumnos hasta que alguno alcance la presión ambiental del suicidio en ‘El club de los poetas muertos’) con estrés post-traumático, alucinado, golpeado por los fantasmas del pasado y sufriendo periódicos brotes esquizofrénicos nos parezca lo más hermoso que ha interpretado.

El cruce de la leyenda artúrica en pleno Nueva York con la dirección de Terry Gilliam, o la presencia de Jeff Bridges como la figura preeminente de ese hombre triunfador netamente estadounidense que nos es expuesta a través de planos holandeses que parecen advertirnos: “Cuidado. Tras la fachada de éxito y bonanza hay una realidad desquiciada que no se ajusta a los patrones de la publicidad.” Y esto al final vendría a casar perfectamente con el devenir de Robin Williams.

Para siempre nos queda la secuencia en que Jeff Bridges prepara para su cita romántica a un loco Williams, mientras le coloca un traje a rayas e intenta arreglarle las mangas y perniles mediante una grapadora. El supuesto ganador caído en desgracia y el perdedor que desea remontar se cruzan entre los dos personajes, en un momento en el que ya perdemos la noción de quién es realmente Quijote y quién es Sancho Panza. Con una hermosa inocencia, con un amor mutuo de hermanos puros.

O ver y escuchar a Tom Waits explicando que en su condición de tullido y persona sin hogar, su trabajo consiste en lanzar advertencias a los otros, ser el semáforo rojo que nos avisa de donde hay que parar, como una alarma y un oximorón sobre los problemas propios para relajarnos y consolarnos pensando “podría ser peor, podría estar como él”. Y está ahí. No está en los créditos, pero Tom Waits está ahí. Nos cuenta la cruel función social del mendigo. Y dice lo que Terry Gilliam quiere contarnos.

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Tal vez por eso la salvamos, incluso disculpando su barroquismo, sus caídas y subidas de ritmo, sus modificaciones sucesivas del centro narrativo. Nos quedamos con esa dimensión onírica de dos personas que terminan creyendo que pueden rescatar el santo grial de la estantería de un millonario que vive en Nueva York y se dedican a separar nubes con la mente desnudos y tumbados en el césped de Central Park.
Los locos como los mejores cuerdos, aquellos que han comprendido mejor que nadie el sinsentido absoluto de la sociedad del consumo y la publicidad.

Y al final, una vez más tumbados desnudos en la noche de Central Park, Parry le espeta a Jack “¿pero estás loco?”. Señal de que Quijote vuelve a la realidad, y que Sancho a empezado a Quijotizarse.

Hasta siempre Robin. Gracias por enseñarnos que debemos enfrentarnos a nuestros fantasmas y tomar decisiones. Sean las que sean, nos lleven donde nos lleven.

 

Redacción CIBASS


One Response to “En recuerdo del rey de Central Park (adiós a Robin Williams)”

  1. […] ese artículo? para empezar, coincidió con la muerte del actor Robin Williams (al que dedicamos un merecido panegírico desde aquí). A algunos medios online se pusieron a establecer paralelismos entre Williams y el […]

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