Stan Lee, superhéroe de la cultura popular

Por Miguel M. Benito, @mbenlaz_CaraB

El lunes 11 de noviembre fallecía a los 95 años de edad Stan Lee. Stan “The Man” Lee. Las reacciones a su muerte demuestran el impacto del editor, creador de personajes, escritor de diálogos y cara pública de Marvel en el mundo de las viñetas y más allá. Realmente uno de los gigantes de la industria del cómic y una de las figuras de mayor influencia en la cultura popular de nuestros tiempos. Al final de su vida, Stan Lee había alcanzado un nivel de icono cultural. Cada cameo en las películas y series basadas en personajes Marvel, así como sus apariciones episódicas en The Big Bang Theory o Mallrats, por citar un par, reforzaban ese estatus totémico.

No pretendo obviar los aspectos más controvertidos y problemáticos alrededor de Stan Lee. Sombras, rivalidades y críticas las hay y las hubo. Posiblemente las más duras para los aficionados a los cómics son las que hablan de los desencuentros con otros gigantes del cómic como Steve Ditko y Jack Kirby. Desde diferencias estrictamente creativas y de concepción de historias y personajes hasta pugna de egos y los celos por el reconocimiento. No han faltado tampoco acusaciones y rumores sobre si Lee usaba su posición de editor en jefe de Marvel para apropiarse, al menos parcialmente, de las creaciones de otros autores. Críticas a cómo usó esa posición de mando en la “Casa de las Ideas”.

Y, si bien, es cierto que Stan Lee no fue un escritor de técnica portentosa y que muchos de los diálogos que escribió no fueron piezas literarias brillantes e, incluso, si aceptamos que sus propias limitaciones como creador rebajaron la calidad de algunas de las propuestas de sus compañeros más dotados, según apuntan los críticos más severos de Lee, lo que no se nos puede escapar es que puede que al sacrificar –o no poder ofrecer – la brillantez literaria que sus compañeros le pedían, su estilo si aportaba frescura y cercanía a los lectores. Como escritor de diálogos, Lee usaba el lenguaje como un elemento de acceso a sus personajes. Los personajes, más allá de los momentos de jerga tecno-científica propia del género, hablaban para ser entendidos por sus lectores, porque, aparte de sus poderes, eran como los lectores.

Y ese fue el principio rector de Lee como creador de personajes: cuanto más se pareciesen los personajes del cómic a los lectores, más fuerte sería la identificación y la empatía entre unos y otros. Y nada hace empatizar más que compartir problemas. Así, las creaciones de Lee, era personas, con poderes y enemigos de proporciones cósmicas, sí, pero sobre todo con inquietudes y preocupaciones reconocibles. Nombrad una inseguridad o una preocupación y, posiblemente hay un personaje creado o reinventado para el cómic por Lee –o por el equipo creativo de Marvel del que Lee hacía parte si preferimos esa forma de decirlo- que experimenta esa ansiedad. Y, por eso, sus personajes han funcionado entre tantas generaciones. Spiderman es Peter Parker, un adolescente que no le caía bien a nadie en su instituto. Luego fue un joven con dificultades en el trabajo, con problemas para pagar la renta. Los X Men han vivido siempre en los límites de la marginación y la exclusión social. Los mutantes actúan como héroes, cuando lo hacen, porque desean ser queridos y aceptados. Los mutantes son villanos cuando quieren ajustar cuentas con la sociedad que les humilla y persigue. Los Cuatro Fantásticos son una familia de la que es muy difícil ser miembro, por mucho que los personajes se quieran y apoyen, más allá de que el Dr. Doom se pase por el Edificio Baxter a crear problemas. Y todos esos personajes vivían en un mismo universo y realizaban sus hazañas en las calles y barrios de Nueva York, no en las inexistentes Gotham o Metrópolis.

La brillantez de Lee estribó en comprender que, en las duras condiciones de la industria del cómic en el siglo XX, los superhéroes sobre todas las cosas necesitan una audiencia fiel. Stan Lee dedicó muchos de sus esfuerzos a que los personajes no buscasen un autor, parafraseando un título de Pirandello, sino a que encontrasen a los lectores. Y para ello creó, escribió y promocionó todo lo que pudo su producto: Marvel y sus cómics de superhéroes. Se convirtió en el embajador de su industria y de su empresa en todas partes.

Por si eso fuera poco, Stan Lee inventó Marvel ante los lectores de cómics. No porque inventase la editorial, sino porque, en primer lugar, fue una de las piezas clave para que se afianzase un característico sistema de trabajo, en el que, con unas escasas indicaciones de la trama por parte del guionista, el dibujante desarrollaba prácticamente todo el contenido del cómic, para que el guionista reapareciese al final del proceso para añadir los diálogos.

Pero, por si lo anterior fuese poco, la imagen de Marvel como editorial también fue una creación indeleble de Lee. Él, a través de las páginas en las que adelantaba novedades y comentaba la actualidad de la empresa, se inventó la misma industria del cómic. Los dibujantes y guionistas de los que hablaba, sus compañeros, aparecían como titanes tan grandes como los superhéroes cuyas historias contaban. Según Lee, las oficinas de Marvel creaban maravillas porque eran un lugar maravilloso en el que trabajar. Poco de aquello era así como lo contaba, pero era tan fascinante y cautivador como un paseo por la mansión de los Vengadores.

 

Con su habilidad para llegar a los lectores, Stan Lee consiguió crear –o participó en la creación de- alguno de los iconos culturales más influyentes de nuestros tiempos. Y sus creaciones hoy llegan a todo el mundo, en forma de películas, dibujos animados, videojuegos, series de televisión, merchandising de todo tipo y, claro, cómics. Así que, tras muchos años de trabajo, Stan Lee logró que no faltase público para los superhéroes y que Marvel fuese una marca establecida sólidamente. ¿Hace falta algo más para reconocer que Stan “The Man” Lee es una figuras más importantes en la evolución de la cultura popular de la segunda mitad del siglo XX y de lo que llevamos del siglo XXI? Yo creo que no.


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