Predator: Shane Black contra el cazador

Por JD Romero, @JD_Romero23

Tras el estreno de Rocky V en 1985, entre los ejecutivos de Hollywood corría el chiste de que Sylvester Stallone se había enfrentado ya a tanta gente y había estirado tanto el chicle que ya no le quedaba ningún púgil decente con el que luchar y tendría que buscarse a un Alien. Pues bien, los hermanos Jim y John Thomas (entonces muy jóvenes y completamente desconocidos) decidieron tomarse la broma en serio y escribir un guión (llamado originalmente “Cazador“) basado en ello, demostrando aquello de que las personas creativas saben ver oportunidades donde otros no ven nada. De esa manera, se pusieron manos a la obra y en pocas semanas escribieron una historia que fue directamente aceptado para su producción, algo que también es relativamente raro en la meca del cine.

Del resto se ha dicho prácticamente todo; Stan Winston se inspiró en un guerrero jamaicano para el diseño de Predator, Jean Claude Van Damme fue contratado y luego despedido para estar dentro del monstruo, Shane Black (escritor y director de la versión que hoy analizaremos) fue encargado de rematar el guión y los diálogos y también de actuar como soldado y la mejor de todas las ideas: fichar al más que hábil John McTiernan, director que luego se convertiría en leyenda con Jungla de cristal, La caza del octubre rojo o la absolutamente infravalorada El último gran héroe, repitiendo con Schwarzenegger.

Son muchas cosas las que funcionan en la Predator original de 1987, desde un casting abrumador lleno de testosterona (menos el personaje de Shane Black, que es el contrapunto; enclenque, lector de cómics y adicto a los chistes malos), una dirección fascinante con una jungla terroríficamente envolvente -rodada originalmente en México-, la banda sonora minimalista y militarizada de Alan Silvestri y el hecho de tener a un equipo de mastodontes enfrentándose a lo desconocido en un entorno completamente hostil. La evolución de la historia a unos mercenarios pagados de sí mismos que van a una misión relativamente sencilla y acaban encontrándose casi al mismo diablo está tan bien construída y dirigida que resulta tan hipnótica como adictiva: Predator es una de esas películas teóricamente sencillas que uno se pone una vez al año y la disfruta como el primer día.

Como saben, el personaje de Predator se convirtió en todo un símbolo de la ciencia ficción, Dutch y el resto del escuadrón de mercenarios en iconos y la película se tornó en una saga de la que sólo se salva la original, la segunda parte, la infravalorada Predators, producida por Robert Rodriguez en 2010 y la recien estrenada. Han pasado ocho años desde la última versión y parece que los productores han querido ir sobre seguro: primero contratando al propio Black (que según se dice mejoró bastante la historia y diálogos originales en 1987) y segundo con la idea de que sea el fantástico Fred Dekker -El terror llama a su puerta y Una pandilla alucinante- el encargado de ayudarle en la tarea. Sabemos que Black hace un cine cool, dinámico y con especial talento para las interacciones entre los protagonistas, si bien no hay mucho más trasfondo en sus films: productos comerciales con una gran carga de humor negro: Arma letal, El último boy scout o Dos buenos tipos son algunos clarísimos ejemplos de su firma.

Enfrentarse en el cine a una nueva película de Predator es muy complejo, sabemos que no superará a la original, que ya no tenemos esa edad en la que nos maravillamos y nos abstraemos de absolutamente todo en el cine y tercero que estamos en una saga irregular. Aun así el director y guionista es seguro de cierta calidad y personalidad y también sabemos que no intenta imitar o compararse con la primera película, eligiendo un tono, un contexto y unos personajes completamente diferentes.

Y al sentarnos en la butaca del cine así es, Fred Dekker y Shane Black se alejan por completo del estilo de la original (incluso del tono de la secuela y del film producido por Robert Rodriguez) y entregan una película de marcado carácter ochentero, lo cual parece una contradicción puesto que la saga comenzó en 1987. La presentación de los personajes, la sensación de alejarse de cualquier atisbo de pretenciosidad, el humor (muchas veces negro, otras veces de sal gorda), las personalidades de los protagonistas (ahora un grupo de perdedores) hacen que la película marque tanta distancia con la de McTiernan que encuentra en ello su mayor baza. Predator de Black es una amalgama pulp de ciencia ficción, slasher, terror, humor, gore y acción que guarda momentos para el amor, la integración, el bullying y a lo largo del metraje pasamos de no saber muy bien quienes son los tipos protagonistasy querer que vuelva el elenco original a congeniar y reírnos con ellos.

Predator (2018) está mucho más cerca de la maravillosa El terror llama a su puerta que del primer filme de su saga y consigue (del mismo modo que Dredd o Mad Max Fury Road) que nos reencontremos con ese cine donde lo primordial es el espectáculo pero que a su vez está hecho con talento y oficio y supera con creces a otros blockbusters que -en principio- debían ofrecer lo mismo, caso de las dos Jurassic World. Shane Black reinicia una saga legendaria de modo fresco (por momentos demasiado), dinámico y poniendo tierra de por medio con esos personajes de la era Reagan para poner en su lugar una historia más loca con unos protagonistas que son unos absolutos inadaptados. Risas y aplausos en la sala de cine para una película tan arriesgada (teniendo en cuenta el nombre que lleva impreso) como efectiva al mezclar lo que más echamos de menos de los ochenta con lo mejor de los medios de hoy. Prueba superada.


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