Spider Bernabé y la diversidad en Transmetropolitan

Por David Rodríguez, @davidjguru

Cuando Spider Jerusalem decidió abandonar de mala gana su refugio en plena montaña apurado por un contrato al borde de la demanda judicial, recogió sus cosas, metió su armamento en cajas de cartón junto a un Buda de color azul y se lanzó de frente contra la gran ciudad que lo esperaba, aferrado a la misma actitud de un misil con ojiva nuclear lanzado al centro del corazón de tu enemigo.

Así comenzaba “Transmetropolitan”, una serie creada por Warren Ellis y dibujada principalmente por Darick Robertson (aunque las portadas eran otra cosa y hasta el mismísimo Moebius le rindió homenaje), una colección que apareció hace ya veinte años para golpearnos la cabeza y alterar nuestros estados de consciencia pero con menos lisergia que Los Invisibles. Todavía no habían caído las Torres Gemelas pero cuando ocurrió ya deseábamos que aquel periodista trastornado llamado Spider Jerusalem cubriese aquel suceso para que de una vez por todas, de una jodida vez, alguien pudiese venir a contarnos la pura verdad, aunque doliese.

El caso es que cuando Transmetropolitan aterrizó en nuestro país a través de Norma Editorial -que debió ser en torno al año mil novecientos noventa y nueve- muchos nos preguntamos cómo diantres podía ser aquello. Que tipo de futuro estaba imaginando Warren Ellis tan majareta, tan disperso, tan colorido y tan divergente.

Desde una realidad algo monocroma ese ciber-punk no era oscuro, tenebroso y cargado de lluvia ácida. Era más bien diverso a más no poder, hipercargado de consumo, con mil probabilidades tecnológicas y sobre todo, identitarias. Gadgets, Widgets, Piercings, Tattos, Blasters, Sneackers (hay un pequeño arco en el que el protagonista se obsesiona con unas botas de baloncesto con esteroides)…Solo hacía ocho años que habían caído los países de economía planificada (seis en realidad, ya que la edición original de Transmetropolitan comenzó en el noventa y siete) y nos habían contado hasta la saciedad que la distopía del futuro tendría que ser -obligatoriamente- homogénea, gris y estandarizada. Pero aquello no se cumplía. ¿En qué quedábamos? ¿el futuro iba a ser como aquel anuncio de Apple de 1984 o era la fantasía explosiva de Warren Ellis? No estábamos preparados para presentar resistencia a un enemigo que no somos capaces de ver, que nunca se presenta en el campo de batalla.

Se suponía que tendríamos que esperar al Gran Hermano vestidos con la misma chaqueta oscura o tal vez con la misma ropa pero diferenciada por los colores de las castas a las que corresponderíamos, y nada de eso pasaba en aquella obra extraña. Cada cual iba a su rollo, cada uno iba a su bola. Y sin embargo los ricos seguían haciéndose cada vez más ricos y los políticos se dedicaban a plantar fascismo mientras representaban los intereses de las oligarquías. En mitad de todo eso andaba el periodismo gonzo de Spider Jerusalem, trasunto distópico de un Hunter S. Thompson malhablado, violento y constantemente dopado en su infatigable búsqueda de la verdad.

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Sí. De alguna manera, el puto Warren Ellis lo vio venir. Imaginó un futuro posible donde el control social no era rígido en apariencia, que no tendría la forma de una dictadura o una autocracia, sino más bien la de una democracia dirigida, flexible en formas pero clara y directa en cuanto a sus fines. Mientras, caminábamos entretenidos como elementos de consumo (no ya de producción, puesto que no éramos necesarios como recursos de la industria) podíamos elegir nuestro aspecto, nuestra sangre, nuestro ADN, nuestro sexo e incluso la organización de nuestros átomos, como un sucesivo microfraccionalismo, con tribus sociales que se escinden y se vuelven a escindir, en un divide y vencerás ad-infinitum, hasta el último punto de nuestro valor atómico y de ahí a vueltas de recorrer de nuevo otra posible granularidad.

Estaba claro que entre nuestras sociedades y la representada por Warren Ellis en aquella magnífica e impactante serie todavía quedaba un salto, un hueco por cubrir. El GAP que le llaman. Pero eso solo lo vemos ahora. En aquel entonces parecían dos constructos no conectables. Sólo en estos momentos iniciales de nuestro declive físico podemos atisbar que estamos más cerca del soñado por el guionista inglés que del punto de partida en el que nos encontrábamos.
Cuando Spider Jerusalem desembarca en la maldita ciudad después de años de auto-exilio, comienza el desfile de identidades que pueblan la urbe: Una tropa de aulladores cantando música de las estepas, oyentes de teleprensa, amantes disidentes huidos de una reserva cultural china, hombres lobo seguratas rusos…y eso solo en las primeras páginas del primer número. Identidades de capitalismo tardío.

Luego vendrían otras cargas de profundidad, como Fred Cristo y el movimiento transiente -humanos con ADN modificado para asimilarse genéticamente a especies alienígenas- o Tico Cortez y la comunidad Nanohumana -personas que deciden dejar su cuerpo físico y ser “volcados” a nubes vaporosas formadas por nanobots. O los revividos criogénicos y sus problemas de integración en un mundo que no conocen y que no tiene nada que ofrecerles para facilitarles el tránsito a un ponzoñoso futuro. El marasmo identitario se retuerce, se amplifica y se pervierte toda vez que mientras tanto vemos como se preparan elecciones fraudulentas protagonizadas por verdaderos monstruos y nadie, absolutamente nadie, se prepara para impugnarlas. Eh un momento ¿impugnar? eso es interesante ¿el todo o pequeñas partes? si es en pequeñas partes el sistema está dispuesto a ceder, más viable cuanto más ínfima sea la petición. Te da lo micro, te niega lo macro.

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Jerusalem maldice y escupe mientras se compromete a seguir con lo que mejor sabe hacer (además de amenazar): hacerse preguntas y contar lo que ve, sin más lealtades. Sus aventuras suponen un verdadero desglose de una variante de la postmodernidad degenerada…para la que faltan piezas de cara a comprender el GAP y rellenar el hueco. Tal vez sea ahí donde gana espacio el último trabajo de Bernabé, una especie de ensayo que cabe relativamente bien entre nosotros y Transmetropolitan como repaso articulado de una trayectoria llena de símbolos, de hitos y de funcionamientos débilmente expuestos pero indudablemente bien conectados. Cuentan además con toda la lluvia de mierda que en estos momentos cae sobre el autor desde diversos frentes (desde Pacón a basura autocomplaciente pasando por drogadicto con deudas de farlopa…), así que al menos para asomarnos no nos falta motivación. Esto huele a Spider Jerusalem a falta de su expendedor Godti para modelar la materia. Como curiosidad, el 99% de la gente que lo critica termina reconociendo que no ha leído el libro, así que hay que ver que cuerdas ha tocado el mod de Fuenlabrada para tener a tanta gente chinada.

Al final te asomas al interior del abismo a ver que trae. Y el abismo en forma de activista de selfies de Instagram con cinismo postmoderno también se asoma a tu interior.

La trampa de la diversidad es un intento de encontrar respuestas a dos cuestiones principales, o más bien (no es un libro de respuestas en realidad), de facilitar nuevas preguntas a partir de cuestiones – madre más abstractas, más generales…¿Están usando nuestras identidades para mantenernos separados y desactivados? ¿Están ganando cada vez más dinero con esto de la desactivación? y en el core de todo esto…¿Por qué no termina de suceder lo que en realidad debería estar ocurriendo? ¿Cómo es posible que sea más fácil asumir que no tendremos pensiones a decidirse por expropiar a Amancio y exigirlo? estamos buscando donde se rompió el discurso. Donde se manipuló el eje entre el escepticismo ante algunas posibles soluciones y la relativización de casi todos los males.

Bernabé, al contrario que lo que dicen micro-activistas de twitter, hacktivistas de paseo continuo por medialabprado y pijazas de contrato en ayuntamientos del cambio, nunca le resta importancia al asunto clave de la diversidad. Más bien al contrario, aunque también es cierto que no resulta muy elegante intentar cuadrar la reflexión al hilo de la reducción excesiva que Irving Welsh colocó en Trainspotting: no es muy bonito intentar asentar la importancia real del tratamiento de la diversidad y la gestión actual de las identidades usando las frases de Renton. Seamos justos.

El libro de Bernabé es más apesadumbrado que dialéctico, más idealizador que analítico y debe ser tomado con interés y con cautela…como ya sabemos, cualquier nostalgia es en realidad una embustera lista para engañarte mediante la emoción. Poco importa que a la hora de repasar una trayectoria izquierdista en occidente, Bernabé parezca más poseído por una idealización romántica de base cinematográfica que por un verdadero análisis con valores específicos. Antes Godard que los datos, más La Chinoise que las estadísticas.

Bernabé – escribidor – se esfuerza para esbozar un mapa de recorridos desde el asalto final de las oligarquías al sueño de un mundo mejor y más justo a ritmo de decadente Rock and Roll y videoclip de la MTV. Del sueño del consumo y la aspiración. De ese maldito abstracto que ha resultado ser el cajón de sastre de la demarcación “clase media”, y que seguramente tendría que ser tirado al basurero de la historia, para reducir las confusiones. Un manual para el autoestopista de la fe perdida, referencia para ver que pasos se dieron hasta aquí y que retrospectiva vale la pena hacer, mientras adquirimos energia para volver a retomar la tensión creativa que permite diseñar un futuro, todos los futuros, intentando salir del atasco de ese ZoomIn que toma la imagen entre nuestros pies y nuestra coronilla para volver a plantear que tal vez, algo de los grandes relatos si tendríamos que haber mantenido con vida.

Dos elementos han sido llamativos desde el lanzamiento de “La Trampa de la diversidad”:

Por un lado, Alberto Garzón lo ha atacado visceralmente y con tantas ganas que ha tenido que forzar el formato académico de su crítica -para una obra que desde la primera página a la última tiende a aclarar constantemente que no tiene pretensión académica alguna- a modo de wrapper, mostrando la verdadera herida infligida. Es como si hubiese tocado una de las bases de ciertas estrategias electoralistas, y eso duele.

Por otro lado, alguien como Soto Ivars lo ha ensalzado, y eso es peligroso. Que te abrace Soto Ivars es permitir que el simbionte Venom que anida en él en forma de grasaza del pelo se adhiera a ti y juntos, te arrastren al fondo del pozo donde solo dan a leer artículos de JotDown. Hay abrazos que son pura contaminación como hay animadores de la cosa digital y hackbogados de la tecnopolítica 4.0 de los que nada se sabía antes del 15M.

Pero estos dos elementos reseñables facilitan ciertas interpretaciones: los palanganeros del sistema muestran la mejor de sus sonrisas y a los supuestos representantes de las clases trabajadoras se les escapa la risa, pero la risa histérica por tener que escuchar (otra cosa sería leerlo) eso de que cayeron en una trampa donde solo les resta perder, dentro de un juego en el que no pueden elegir las normas, creyendo la izquierda que se preparaba para bailar dentro de la tierra de las mil identidades para terminar confundida como Alicia en el país de las mil mercadotecnias. Se empieza por pedir poder constituyente y se termina en las micropolíticas locales de una municipalidad de corto alcance. Pero Cármena es Kerensky y eso da para una película distinta en el mismo cine de la posmodernidad y los sub-productos de la vía institucional.

Si entre el abandono de Alberto Garzón y el abrazo de Soto Ivars existiese la intención de empujar a la obra de Bernabé al cuadrante de los flotantes, debemos lucharla, rescatarla, asirla, protegerla y ponerla en el estante de nuestra literatura progresista. La someteremos a crítica con sentido de la justicia y la maldeciremos si es necesario. No importa cuantos Lenores o Soto Ivares pretendan asociarse a ella. No les pertenece: es bien intencionada, es respetuosa (el segundo mantra más repetido del libro es el de “no estamos en contra de la diversidad, todo lo contrario”) y pretende ser solo una guía cultural para cuando despertemos en Transmetropolitan, saber qué fue realmente lo que ocurrió.

Mientras, Spider- Bernabé nos avisa: están usando nuestras identidades para hacernos consumir pero además, para mantenernos en constante división. Espero que al menos el fantasma de Reagan sigue riéndose desde el infierno.

Sobre el mayo francés, una divertida anécdota: Salía Ernest Mandel de arengar a unos estudiantes en plena noche de las barricadas cuando vió que los activistas le habían prendido fuego a su propio coche. Desanimado por no poder volver fácilmente a casa -supongo que meditó rápidamente que era lo que mejor podía obtener en aquella situación para la causa- terminó encaramándose a una barricada y señalando su coche en llamas se puso a gritar “Ah! Comme c’est beau! C’est la revolution!” (Ah, ¡mirad que bonita es! ¡Es la revolución!).

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Así anda Bernabé, clamando a voz en grito por la unidad frente al enemigo común mientras otros por detrás le están quemando el coche. Eso también es puro Spider Jerusalem. No me digáis que no es una excelente escena de Transmetropolitan.

CIBASS Puntuación CIBASS Tres puntos y medio


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