Entre La Haine y los IAM: No le des de comer a tu perro esa bazofia

Por David Rodríguez, @davidjguru

“Y todo personaje pop no es sino la explotación capitalista de un falso sueño de civilización que se derrumba.”
– Terence Moix

Yo he estado en Disneyland París y me he adentrado en el vientre de la bestia.
He visto su salvaje mediocridad, su ausencia absoluta de espíritu, esa apuesta histérica por la diversión sin fisuras que convierte el consumo en pura violencia abstracta. Si en “Historia social del cómic” Terence Moix nos daba en la cabeza con la frase que abre este artículo, pueden ustedes imaginarse en que termina resultando una especie de mundo ficción bizarro construido con ladrillos de desesperanza y dedicado a recopilar figuras alienantes de una fijación absoluta en el imaginario colectivo.

Yo he estado ahí, lo he visto con mis propios ojos. No fue por vocación ni por hacer feliz a un rijoso niño de la familia como regalo de comunión, no. Tampoco por el Amelismo irredento de cumplir el sueño de soñar despierto en el país de los sueños. No, tampoco.

Fue simple y llanamente porque tenía un colega que trabajaba allí hace muchos años. Un amigo del barrio emigrado al que visité una vez y me dejó pasar unos días en su apartamento-estudio-nicho de París. Por el camino, me dijo que tenía entradas que le daban gratis en su laburo y que si quería ir. Yo, que pensaba por aquel entonces que la mejor manera de conocer a la bestia era deslizándose por sus entrañas, acepte motivado por la experiencia: un tren a la quinta puñeta y una puerta a una especie de maravilloso mundo de colores y fantasía. Era una Francia nueva la que yo descubría y un París realmente extraño. Años antes de que Banksy trabajase en su nuevo proyecto de parque temático de horror suciedad y vacío, o que el mismo Kaz dibujase en las tiras de su Underworld su propia feria de los horrores con niños subidos en viejos carritos de supermercado jurando que no volverán -muchos años antes- la gente en Francia ya había pillado el rollo de que realmente, todas estas instalaciones enfermas de la cultura de masas eran (y siguen siendo) pura basura.

Eran los años en los que los grupos anti-publicidad se movían por las grandes ciudades del país vecino haciendo pintadas, realizando modificaciones sobre los anuncios para permutar su hediondo mensaje inicial por otro más exacto y real. Haciendo guerrilla urbana con pintura, brochas y spray. Clamaban por otra regulación de la publicidad que dejase de inundar los espacios públicos, de llenar de mensajes de comercio privado las instalaciones pagadas con el dinero de la clase trabajadora y en resumen, exigían al poder que esa combinación ponzoñosa de las grandes empresas con agencias de publicidad dejasen de tratar al pueblo como un rebaño siempre con margen para acumular más intoxicación y propaganda. Eran tiempos increíbles allí, era una Francia apoyada entre los pilares que formaron La Haine (“el odio”) de Mathieu Kassovitz y L’École du micro d’argent de los IAM.
Los suburbios. Las pintadas. La inmigración. Argelia. Los barrios árabes. La revuelta.

Yo no sabría medir bien el grado de argentinidad que hay en Mr Kern, así como tampoco puedo establecer el nivel de catalanismo que habita en él. Pero si puedo identificar todo lo francés que hay en el autor de “El Caso de Alain Lluch”. Al menos lo que contiene de esa Francia. De aquella Francia. De la que nos avisó con tiempo de que entre el pretendido “fin de la historia” y el siguiente vídeo de la MTV había un inmenso vacío que solo podía degenerar más y más, como ha resultado ser. Puedo reconocer esa Francia en Mr. Kern porque puedo describir el escalofrío que siento cuando abro “El caso Alain Lluch” y me pongo a leerlo. Ya lo había sentido antes y en la esquina inferior derecha de la primera página ya hay un señor tumbado sobre la hierba como un ocioso merendando en un cuadro de Manet. Pero este está pidiendo limosna.
Yo sí sé quien eres, Mr Kern. Te he visto antes. Ya me has avisado de otras cosas.

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Me da igual si graffitero, pintor o ilustrador. No me interesa si cómic, cuadro o pared. Realmente las únicas cosas interesantes son las leyendas y Mr Kern las sabe cultivar muy bien. Este colaborador de la revista francesa Fluide Glacial no se presta a agendas, actividades y otras promociones. No se aviene a ser un autor al uso, debido a su público y tal. En su lugar, en sustitución de todo eso, intenta ser el francotirador que nos dispara a la cabeza desde una ventana lejana con una bala cargada con paté de foie lista para volver a recordarnos que cuando a la realidad le salen grietas, asomarse por ellas es convertirse en estatua bien de sal bien de carne enlatada para perros. Que la industria no perdona y que en definitivas cuentas, todo queda finalmente supeditado al capital y la obtención de la máxima plusvalía posible aunque la carne de caniche violeta sepa excelente. No cabe hacerse engaños.

El caso Alain Lluch puede parecer a simple vista una conjunción majara de paletas de colores vivos y estampas extrañas, pero hay más verdades en esas páginas construidas a base de un impresionismo graso que en cien noticieros. Una vez más vienen a decirnos que tal y como se asimilaron en una época pretérita, los hechos de conciencia y el despertar general a comprender lo que verdaderamente ocurre es fundamental para poder seguir manteniéndonos cuerdos. O locos dado el contexto.
Y solo los locos son sagrados ante Manitú. Y yo veo más portadas de discos de Pink Floyd en las viñetas de El caso de Alain Lluch de lo que seguramente tenga sentido. Maldito Kern. Ahí viene otra vez.

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Viene con el megáfono a avisarnos con voz en grito y la cosa es que ya nos habían avisado antes, pero hacía más de veinte años que no veía el mismo sistema de señales, el espíritu de impacto bastardo entre la falsa cultura popular que en realidad solo es de masas y la crítica del desasosiego visual de Kern. Los iconos manipulados en señales de tráfico que avisan del final, Larry Bird anunciando comida para pájaros. El estudio analítico del desconcierto a través de todas las vacas de la página cuarenta y nueve (todo el mundo debería tener esa página enmarcada en su salón, maldita sea). Esos códigos en desuso que yo creía que habían quedado sepultados por la marea de la contra-historia y un mundo en el que todo se hizo Trap. Un armario que se ha vuelto a abrir después de mucho tiempo cerrado. Todo en esta historia editada en tapa dura y las esquinas redondeadas como las de un cuadernos de bocetos.
Un jefe disfrazado de pollo celebra un evento anual de su empresa pasado de vueltas y desatando toda la acción a través de una decisión operativa: trasladar a un ejecutivo de marketing al departamento de carne picada tras una vergonzosa campaña publicitaria fallida (anunciar las albóndigas Mitbals usando a Fidel Castro).

En su nueva posición, el nuevo responsable tomará unas decisiones que llevarán a la empresa a lo más alto y al planeta a la más profunda distopía…

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El caso Alain Lluch son casi cien páginas de excitación visual, de pura maestría artística, de colores, formas y construcciones alucinantes. De una lisergia atroz que mezcla cultura de masas con mensajes de alarma, preocupación ecológica con violencia entre especies, personajes históricos con carne envenenada y vuelta a introducir en las cadenas tróficas para provocar mutaciones que podrán en peligro toda nuestra civilización.
Un planeta de los simios dominado por perros mutados que devorarían sin pensarlo a César Millán. Fidel Castro con riñonera. Susan Boyle seduciendo a un caniche. Kebabs hechos con detritus. Un jefe sádico que juega a simular despidos con sus juguetes.

Atom Heart Mother.

CIBASS Puntuación CIBASS Cinco puntos


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