Lechowski: buen rapero, ¿mejor dramaturgo?

Por Bigo Barrios

Hace poco que me enteré de que el rapero Lechowski tenía intención de lanzar un trabajo un tanto peculiar llamado Quarcissus: el arte de desamar. Una mezcla entre curiosidad y nostalgia (yo lo escuchaba siendo adolescente) me llevó a interesarme por su trabajo y, posteriormente, a escribir este artículo. Al grano:

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Se podría uno preguntar: si uno digiere que Kanye West se dedique a la moda aparte de a la música, ¿por qué no tendría uno que digerir que un rapero como Lechowski lance un trabajo que “rompe los límites de lo estrictamente musical”? Quizás se trate de que lo que hace Kanye por exceso, Lechowski lo haga por defecto, es decir, en lugar de indagar en ritmos y flows, se lance al vacío sin pensarlo demasiado (si, uno puede emplear ocho años de su vida en no pensar demasiado) y meterse donde no le corresponde porque no puede hacer nada mejor en su terreno.

Es la diferencia entre hacer algo más, casi se diría por hobby (¿por qué no?, por qué debería un rapero abstenerse de entretenerse con lo que desee a diferencia de cualquier persona) y meterse uno donde no lo llaman con pretensiones intelectuales que se creerán “los entendidos dentro de la particular endogamia propia de este género musical”, que incluso puede asimilar y valorar algún catedrático en Filología o Filosofía, pero que, lamentablemente, a ninguna persona cabal que se encuentre entre estos dos puentes (que son pocos, pero los hay) o algún rapero que, digámoslo así, “hace los deberes”, significará nada de trascendencia salvo un lloriqueo lamentable en el que parece que Lechowski se haya chutado con almíbar para, seguidamente, fracasar en una de esas simulaciones tan propias de los clásicos reclamos de atención adolescentes de cortarse las venas.

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Henry Miller comienza un capítulo de Nexus escribiendo lo siguiente: “Cuando una situación llega a ser tan mala, que no parece haber solución posible, solo queda el asesinato o el suicidio. O ambos. Si fallan, te conviertes en un bufón”. Al tratarse un tema tan delicado como el suicidio, el escritor se corona al reconocer como una bufonada el escribir sobre él, pues conllevaría cierta incoherencia digamos “ostentar lo que uno, evidentemente, ha sido incapaz de hacer” ya que lo está escribiendo. Se trata de un ejemplo en el que se trata un asunto así con la dignidad que merece. ¿Por qué tendría derecho a decir todo esto, citando a Henry Miller en un burdo artículo que se puede encasillar dentro del pseudogénero que es la crítica del arte, incurriendo en la blasfemia? Muy simple: si a uno se le llena la boca hablando de “su obra” pretendiéndose poeta o literato, midámoslo como tal, a ver qué ocurre. Es fácil declararse “de otro rollo” para justificar artísticamente tu obra y que la mansalva de adolescentes, cuyos accesos a la vastedad de obras literarias se reducen a buscar citas célebres en Google (carne de cañón de estado), la respalden como “obra de arte”.

Todos los que estén “en la movida” han sido testigos del lamentable espectáculo de prensa rosa de segunda categoría que ha tenido lugar entre “artistas” consolidados como Lechowski y Kase O, así que no me voy a detener en detalles sin relevancia. Eso de llorar rapeando, ¿es un concepto? Y, yendo aún más lejos y, lo que resulta más descabellado: ¿se puede robar o copiar un concepto? y esto no es todo, además “llorar rapeando” es algo así como lo que puede entender “el cateto español” por probar con flows nuevos. ¡Por favor! Cosas como esta son las que llevan al público a nivel nacional a dejar de escuchar este género al crecer, si es que acaso aspira a alcanzar algo de madurez en la vida; y lo que hace que se reduzca a chavales en plena pubertad a los que se la pueden colar con facilidad. ¡Ojo! No sostengo que se trate de llorar o no: Llorar bueno o llorar malo. ¿Uno puede llorar pertinentemente grabando un tema? Pues sí, ¿por qué no?, uno puede tirar de cualquier cosa que emerja de su fuero interno. Pero de ahí a hacer ostentación de lo que es una pataleta para chantajear emocionalmente a tu exnovia con que te vas a suicidar o que has estado a punto de hacerlo “por ella”, hacerlo además cayendo en la cobardía de usar la tercera persona del singular para referirse a sí mismo, declarar que se ha trabajado en eso durante la friolera de OCHO AÑOS de su vida y jactarse con boina de cabrero (por cierto, el indicio simbólico de que un rapero “ha madurado”) con comentarios del tipo “mi obra es más grande que yo” amparándose en el discurso populista del arte en el que “todo vale, todo es subjetivo” en un terreno tibio entre el rap, la poesía y el teatro, pues es como para decir “¡ya está bien!”. En estos tiempos en los que la repercusión artística se resume a los fuegos artificiales del momento en Youtube, al escuchar un trabajo como el de Lechowski (en este caso me refiero a él, pero hay muchos otros que caen en cosas por el estilo), me resulta divertido recordar un tema algo olvidado de Toteking en Música para enfermos, que comienza con la siguiente sentencia: “Cuando un tío es malo y no destaca, suele atribuírsele el calificativo de: ¡es otro rollo! ¡Me cago en tu otro rollo bohemio! Es una farsa que os habéis montao pa está en las listas”.

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Hemos de distinguir lo que podríamos llamar “tener sensibilidad psicoanalítica” de ese afán por “lo real” (en un sentido moralizado del término “lo auténtico”), por dar “la verdad más verdadera” tan propio del rap que, en ocasiones, denigra en manifestaciones de esta índole tan rocambolesca. en las que uno falta (y se falta) el respeto al tratar de un modo tan burdo asuntos delicados fundamentándolo mediante florituras pseudo-poéticas que parecen sacadas de una taza de Mr. Wonderful, a pesar de la capa de patetismo con que aparezca maquillado en escena. Algo me dice que ocurrirá a pequeña escala algo parecido a lo que pasó con Salman Rushdie cuando escribió Los versos satánicos y el imán lo condenó a muerte. Todos los intelectuales europeos se levantaron a su favor, condenando la censura con la palabra “libertad” en la boca. La obra fue todo un bestseller. Todos la leyeron al dedillo en búsqueda del morbo de las blasfemias trazadas por Rushdie y a eso fue a lo que quedó reducida la obra. Cuando Lechowski entre en su cuenta de Youtube, su ego se alimentará del porcentaje de visitas, olvidando casi con toda probabilidad que se deban a la consabida controversia con Kase O., y se dirá a sí cosas como: “mi obra es más grande que yo”.

A pesar de todo, he de decir que no tengo nada personal en contra de Lechowski, no soy muy amigo de perder el tiempo haciendo críticas de este estilo y, reconozco que haciéndolo, resuena en mis oídos otra frase de Toteking (por qué no echarme tierra encima también): “eres el típico gordito que se metió de árbitro porque nunca entró en el equipo”, pero supongo que alguien tenía que decirlo y, esta vez, me ha tocado a mí.

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