Leonard meets Janis (again)

Por David Rodríguez, @davidjguru y Daniel Melendro, @daniconil 

Nos despertamos hoy con la desaparición física de Leonard Cohen, gran maestro de la música, poeta y admirador de Federico García Lorca y cantante de voz profunda, de gesto seco, de tono pausado y estilo sobrio. Versionado por Enrique Morente, que no pudo resistirse a su cántico contra el sistema para primero, conquistar Manhattan y solo entonces pasar a conquistar Berlín. Se rompen los timelines con panegíricos baratos de recuerdos infundados y pasados por el tamiz de sus canciones de amor, algo lángidas y en realidad, también secundarias.

CIBASS Chelsey Hotel Nueva York

Fachada del Chelsea Hotel. Imagen de Daniel Bargalló

Se nos fue el tipo sin la oportunidad de ajustar cuentas, con la pátina de sacrosanto cantante bendecido por las masas bienpensantes que lo consideraban un poeta único – seguramente las mismas personas que admiran a gente como Joaquín Sabina – y al subirlo al pedestal, lo separan del marco real. Aislar para modificar, como ocurrió con la versión “limpia” de Nelson Mandela, padre de una “libertad” que ocultaba conscientemente su pasado como guerrillero comunista. La mediología decide y dispone de tácticas para el remozado de las figuras que debemos y no debemos idolatrar (para las que no debemos seguir cuenta con el infame armamento de su propia máquina del fango), y el resto caminamos sordos en la cámara de eco amplificando la señal validada. En la tirada de dados de la mediología, Cohen cae del lado que debemos idolatrar. Javier Krahe -a efectos mediáticos- no tuvo tanta suerte.

Pero nosotros, los de ahora que sí somos los mismos, no buscamos ni queremos la hagiografía. Sabemos que en todos los santos hay un enorme pecador y por eso tal vez nos entristecemos algo, pero a quien echamos de menos es al terrible canalla de verdad, al bebedor, al golfo, al rufian, al desleal, al infiel. Por ahí andaba el verdadero Leonard Cohen, el que desatendió cualquier deber familiar, el que puso su ego por encima de todos y de todas. Evidentemente no compramos nada de eso para nosotros, pero identificamos que sus dimensiones reales nos permiten quedarnos, tras su muerte, con una suerte de canciones verdaderas para mostrar a la persona por delante del personaje. A nosotros no nos impresionan sus monasterios budistas para retiros espirituales y a la vez sabemos que los primeros acordes de Chelsea Hotel pueden orinar sobre todas las canciones de sexo de cualquier cantautor que va a los toros una tarde cualquiera de domingo y rellena sonetos horribles con ripios sin valor alguno. Cohen, al estilo de los tristes ídolos patrios, también coquetea con algunos mantras inconclusos y sesgados, como en la canción “The Future” de su albúm  Democracy cuando establece que “I’m neither left or right / I’m just staying home tonight, getting lost in that hopeless little screen” . Ni de izquerdas ni de derechas. Cohen se cruza con Laclau tal vez sin saberlo y seguro que la postmodernidad sonríe. Menos mal que a Cohen no podemos aprisionarlo en moldes o definirlo sencillamente, porque en cada canción, en cada estrofa, en cada verso (y aquí le asignamos la condición de poeta de manera implícita) hay una serie de niveles, de escaleras, de conexiones que aparecen y desaparecen en cada interpretación. Voz rota, personalidad rota, creaciones rotas para un mundo vacío y roto que se dedica a hacerse selfies en campos de exterminio.

Poco importa que puestos a separar la política de lo político, acostumbrados por las fuerzas de la inercia a desvincular todo lo que debe ser vinculado hayamos también separado a la persona-artista de su obra, haciendo que admiremos sus canciones y sus versos, suspirando por él hoy que todas las mujeres enarbolan sus canciones de amor sin pensar demasiado que de ser amadas por él hubiesen sido arrolladas por el peso del ego de Leonard y hubiesen sufrido lo indecible de abandono y desinterés. Al menos parece ser que no dejó una estela tan destructiva en sus relaciones como Picasso, eso podría salvarlo. Poco importa, decimos. Leonard Cohen ha muerto y eso duele. Pero nos resistimos a asumir al apacible anciano romántico del joven egoista bon-vivant.

The woman in blue, she’s asking for revenge,
The man in white – that’s you – says he has no friends.
The river is swollen up with rusty cans
And the trees are burning in your promised land.

And there are no letters in the mailbox,
And there are no grapes upon the vine,
And there are no chocolates in the boxes anymore,
And there are no diamonds in the mine.

Se fue Cohen y deja atrás un camino de búsquedas, de vacío, de música, de experiencias buenas, malas y terribles. Caos hasta el final, como en el caso de su antigua manager Kelley Lynch, a la que le largó el marrón de su ruina total a causa de cuentas que se esfumaron y a la que pintaron como la encarnación de un mal que tras años de trabajo conjunto, solo descubrió cuando el dinero de repente, desapareció.

Otra vuelta a la carretera para evitar el hundimiento y de ello surgió la última etapa creativa del genio. Las cosas que en cierta manera podríamos agradecer, esas flores que crecen en la basura.

Nuestros viejos cassetes se muestran tristes. Somos demasiado jóvenes para haberlo disfrutado en tiempo real o haber ido a algún concierto suyo, así que no deja de ser curioso que nos duela tanto la desaparición de esa música-de-nuestros-padres, objetos heredados y anclados gracias a la disponibilidad de Youtube y Spotify, aunque eso también nos une de alguna manera a ese algo especial que recibimos y solo con el tiempo aprendimos a valorar. Se fue Cohen y con el se va una versión especial de la década de los 70 que deja a un lado a Bowies y Reeds para mostrar también una vida salvaje, de excesos, de viajes, de búsquedas. Se va Cohen y querríamos que volviese para ser la paloma que nos lleve de vuelta a casa (the homeward dove) pero ¿Qué hacer? solo nos queda margen para alguna pequeña petición.

No vuelvas a casa con una erección. No regreses con lo tuyo duro.

I’ve looked behind all of the faces
That smile you down to you knees
And the lips that say, Come on, taste us
And when you try to they make you say Please

When you try to they make you say Please
When you try to they make you say Please
When you try to they make you say Please
When you try to they make you say Please

 

 


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