Mi año en hamburguesas

Por Rubén Urbaneja, @rubenshood

 

Desde que tengo uso de razón he amado las hamburguesas. Ya os  he hablado en otras ocasiones sobre esta pequeña obsesión y la verdad es que no sé si se debe al colonialismo cultural norteamericano que he abrazado desde pequeño (y que se traduce en mi afición por la NBA, la NFL o el coleccionismo de gorras y sneakers) o simplemente a ese sabroso y sencillo resultado mezcla de meter un trozo de carne entre dos panes. Probablemente sea lo segundo… con un pequeño e irracional o inconsciente porcentaje de lo primero.

Descubrir una nueva hamburguesería es como ir a Disneylandia. Entrar e investigar la carta y ver los tipos de pan, de carne, si el queso es cheddar o si se trata de alguna especialidad, si incluye lechuga, rúcula o si la acompaño de aros de cebolla, patatas gajo, patatas fritas normales o con pimentón (caso de Taco Bell, aunque hoy estamos hablando de hamburguesas) y si debo pedirlas con Cola, Ginger Ale o una cerveza. Tampoco me entristecen los complementos: unas alitas con salsa barbacoa, unas tiras de pollo con curry y mango, unos nachos con guacamole… si el porn food existe yo debo ser el Rocco Siffredi del gremio y para muestra un botón.

En otros artículos he analizado sitios en concreto y he comparado sabores, texturas, calidades, complementos y precios, pero en esta ocasión me gustaría hacer una especie de resumen de mi año en hamburguesas. Están todas las que son pero no son todas las que están, ya saben: la manía por las redes sociales y fotografiarlo todo no es una regla fija en mi vida y si hubiera tenido este pequeño post en mente mucho antes la lista de instantáneas sería mucho más larga, aunque mis arterias igual de congestionadas.

De las -casi- siempre fiables (en calidad-precio) hamburgueserías de barrio a otras que no son franquicias pero están situadas en grandes zonas comerciales y ateniendo  a todos los detalles a las grandes cadenas internacionales tipo McDonald’s o Burger King pasando por The Good Burger (del que ya hablé en otra ocasión anterior), que es una de mis favoritas a todos los niveles y eso que es producto nacional. Un pequeño repaso a esos días tan especiales en los que me siento delante de uno de mis bocados favoritos y en los que -como en una especie de ritual inconsciente- no sólo analizo y comparo cada detalle, sino que me adentro en mi momento Zen. Porque unas personas creen en Dios y otras creemos en un ser superior basado en dos panes, un poco de carne, queso, lechuga y un pequeño pepinillo en su interior, aunque como veis acepto todo tipo de sugerencias, variaciones y experimentos. Un año de burgers, un año literalmente redondo.

 

 

 


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