La juventud es una elección en un balneario suizo

Por David Rodríguez, @davidjguru

Si yo fuese napolitano y tuviese algo de interés por el fútbol rendiría pleitesía a Maradona. Nápoles y el fútbol están tan entrelazados que debe ser un asunto casi familiar tener presente la gloriosa etapa de Diego Armando. No en vano, seis años dieron hasta para crearle altares en la vía pública. Nápoles y el fútbol, un napolitano que hace películas y sus propios recuerdos futbolísticos rindiendo tributo al diez.

Discúlpenme la tautología anterior -esa de ser napolitano y tener interés por el fútbol– pero es inevitable detenerse en el hecho de que Sorrentino pone parte de sí en este ensamble. Y no es casual. Para este niño mimado de Cannes (que aunque ya no es tan niño ni está tan mimado, sigue teniendo el respeto de esta pasarela del cine que marca la pauta mundial de lo que terminaremos viendo en nuestra sala de cine más cercana) la historia sigue girando de manera distinta aunque siga pareciendo todo el mismo relato. Unos críticos dicen que La Juventud bien podría ser una colección de descartes de La Gran Belleza, otros dicen que vuelve a las andadas confirmado en su posición por el éxito anterior y yo vengo a pensar que en realidad que solo se afianza en su manera de hacer cine, confirma su visión estética y se lanza de lleno a profundizarla. Las comparaciones son inevitables y es como si La Juventud fuese una ampliación de La gran Belleza, aunque solo sea por hacerla más profunda, más jodida, ponerle un poco más de desarrollo para localizar el hipotexto y lanzarla hacia delante. Más italiana y Felliniana aunque esta vez trabaje en inglés. Más decadente. Más hacia el ocaso.

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Todos los que tenemos capacidad para soñar y sabemos que hemos consumido ya la mitad de nuestra barra de vida en este videojuego hemos soñado con ver transcurrir los últimos momentos de la existencia a lo “Muerte en Venecia” de Thomas Mann, o a lo Michael Corleone en El Padrino III (una película que solo existe como vehículo para sostener la escena final), en definitiva, sentir la aproximación de la señora Muerte desde un dulce refugio calmo y bucólico, cerca de algún retrato familiar que marque la vista al contexto y con la mente puesta en la revisión del pasado propio; no hay futuro alguno con el que soñar, así que podríamos deslizarnos al otro mundo cómodamente entre evocaciones de momentos pasados, leves sonrisas y una grata despedida de este horrible mundo. Sí, eso sí sería un final cinematográfico ¿no? pues no intenten buscarlo en el último trabajo de Paolo Sorrentino. Esto es otra cosa. Búsquense su propio ocaso: en esta película no van a encontrarlo o directamente si toman referencias seguramente no puedan pagarlas, porque no todos podemos ir a un balneario suizo entre las montañas para retirarnos del mundanal ruido, recibir masajes, asistencia médica y tratamientos de barro. Por una cuestión de pasta, claro.

Aparte de esta cuestión que resulta prácticamente SciFi para el común de los mortales, tenemos a dos tipos de edad avanzada a punto de cumplir los ochenta años. Dos viejos amigos, dos compadres y además consuegros. Dos referencias en sus respectivas profesiones que pasean preguntándose mutuamente cuantas veces han orinado al cabo del día.

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En los contemplativos paseos de dos ancianos por los Alpes suizos vuelve Sorrentino reforzado en su Fellinismo por el éxito cosechado a nivel internacional anteriormente con La Gran Belleza. Y no nos engañemos: se ha enrocado en las mismas posiciones…ha vuelto con otra colección de impresionantes planos y atractivas secuencias, de fotografía impecable, paisajes y entornos alucinantes, breves diálogos, rostros torcidos por la contrariedad y una serie de sensaciones, porque al final parece que tras el traspiés de This Must Be The Place (que a mi me gustó, por cierto) y el subidón de La Grande Belleza, el napolitano sigue en sus trece y nos confirma que de momento, ese va a seguir siendo su camino: el del cultivo de la forma, el del ensamble cinematográfico con delectación de artista, la senda de los protagonistas que se mueven en el (aparente) culmen de su propia ataraxia, y desde su cinismo desentrañan el mundo para transmitir sus verdades a través de breves gestos faciales. Pero el lenguaje está ahí. Y los signos y los símbolos.

Aparece Michael Caine pero en realidad durante toda la película es en realidad otro Jep Gambardella. No sabemos si por imposición de algún productor o por problemas de agenda de Toni Servillo pero el caso es que nos servimos de una versión algo más inglesa del mismo personaje: menos estilizado y más contenido pero con el mismo peinado y la misma pose cínica y descreída frente al mundo. El personaje interpretado por Michael Caine sirve de vehículo para toda la obra, concentrando los vaivenes del resto de personajes y haciendo de hilo conductor para no perder el sentido de unidad, porque en realidad yo ya no sé si Sorrentino es un buen director de cine o un excelente montador de planos cargados de simetría. No sé si es una concatenación de asuntos o realmente una película, pero ahí está: La juventud camina sola durante dos horas a ritmos diferentes preparada para enriquecer a quien quiera detenerse un rato para deleitarse con la idea fuerza que rige casi toda la película…habrá un momento en el que tendremos que elegir entre el horror y el deseo, y en esta obra cada cual elige un camino. Harvey Keitel toma el suyo, Michael Caine hace lo propio, así que dejad que os hable el guión. O mirad atentamente, que así es como se presenta la cuestión en la película: compensemos la falta de formación con mucha observación. Observemos detenidamente. Tenemos casi dos horas para observarlo todo. A eso nos invita La Juventud.

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Todo esto parece querernos decir el director italiano. Que los roles de género parecen un juego inventado para sobrellevar de manera injusta las relaciones. Que las constelaciones familiares incluyen tabúes que se vuelven absurdos al ser clarificados. Que en realidad, como cantaba Jorge Drexler, la vida es más compleja que lo que parece. Y en su tratamiento cinematográfico, en su más puro lenguaje visual hay visos de una poesía sin precedentes, así que tal vez el cine de Sorrentino venga con la misma intencionalidad que la verdadera poesía: hacernos la vida más fácil.
Me lo enseñaste tú.

CIBASS Puntuación CIBASS Cuatro puntos y medio


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