Steve Jobs: autopsia en tres actos

Por Toni García Ramón, @tgarciaramon

 

Tratar de analizar a Aaron Sorkin con media docena de párrafos es como entornar los ojos y pretender que estás viendo el contorno de un átomo sin necesidad de microscopio. No es que el guionista más famoso de Hollywood sea ininiteligible o impermeable al lenguaje sino que su propia inercia es difícil de comprender. Capaz de lo mejor (El ala oeste de la casa blanca) o de lo peor (The newsroom), rudo y despiadado, ferozmente individualista, a este ex adicto con fama de forajido se le teme y se le admira a partes iguales. Como aquello que dijo Nietzche de los solitarios vocacionales, ‘son dioses o monstruos’, Sorkin tiene una pizca de cada. El mismo que es capaz de despedir a todos los guionistas de su propia serie porque no le gusta cómo escriben y sacarse después de la manga Algunos hombres buenos, Moneyball o La red social sin necesidad de sentarse en la misma habitación con nadie más, con la conciencia de que las antipatías que genera funcionan como un incentivo para él.

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Sorkin pertenece a un estirpe de guionistas que ha dado al séptimo arte centauros como Dalton Trumbo, John Millius o I.A.L. Diamond, gruñones con galones, genios que arrastran el mal tiempo allí dónde van. Nadie puede negar que a veces la tentación de echarles las manos al cuello y apretar es insoportable, pero al mismo tiempo, su facilidad para capturar la esencia de la gravedad en la que nos desplazamos convierte su trabajo en algo imprescindible.
Cuando el guionista se encontró por primera vez con David Fincher, el realizador creyó haber encontrado a alguien cuyo índice de perfeccionismo se acercaba a su propia concepción del trabajo. Los dos unieron músculo y así surgió La red social, aquella película donde uno contempla a unos tipos tecleando líneas de código en un ordenador y le parece estar asistiendo a las 500 millas de Indianápolis.

Así pues, era lógico que ambos volvieran a las andadas y lo hicieran con un proyecto de la talla de Steve Jobs. El personaje era el apropiado, los retos similares a los de La red social (la idea de diseccionar a un gurú con rasgos de sociópata y tendencia a alienar hasta a la vía láctea) y el reparto era perfecto: Michael Fassbender, Kate Winslet, Jeff Daniels y Seth Rogen. Sin embargo, y como ya pasó con el remake de 20.000 leguas de viaje submarino, Fincher dio un portazo. Nadie sabe exactamente por qué y no parece que nadie vaya a abrir la boca. Ya se sabe, en Hollywood el tipo al que pones a parir hoy es tu productor del mañana.

Apurados por los compromisos de los actores y las fechas de rodaje, los productores se trajeron a un suplente, uno de garantías si se quiere, pero un suplente al fin y al cabo: Danny Boyle. Su última película había sido un auténtico barrizal, una exhibición de onanismo delirante donde lo único que brillaba era su novia por aquella época, Rosario Dawson, y no por motivos actorales. Boyle llegó y –por lo que trascendió- prefirió no tocar nada.
Pero Boyle no es Fincher, el segundo es un titán, un pistolero de recursos ilimitados; el primero no. Como si en una operación a corazón abierto, el cirujano te despertara y te dijera que lamentablemente tiene que ausentarse pero que te operara su dentista, que también tiene buenas manos. Boyle hace lo que puede pero el guión de Sorkin es demasiado para él y parece que en la mayoría de ocasiones es incapaz de dimensionar la información que recibe el espectador. Cuando el guión quiere correr a Boyle no le arranca el coche; cuando la película necesita pausa a Boyle no le funcionan los frenos. Así se desparraman líneas y líneas de diálogo que van a parar al limbo de lo que pudo ser y no fue. Eso sí, el director no se maneja mal en las muchedumbres, pero es incapaz de ubicarse en la intimidad: las escenas de Jobs y sus colaboradores, o las conversaciones con su hija, son animales de patas cortas. Tampoco ayuda que Sorkin utilice una percha tan abrumadoramente teatral, con tres actos entre bambalinas (una triada de presentaciones de Job, en 1984, 1988 y 1998) que obligan a un esfuerzo de introversión visual al alcance de muy pocos.

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A veces da la sensación de que Boyle es como un cobertizo sometido a un intenso fuego de artillería: uno se protege con lo que tiene pero acaba saltando por los aires. Por fortuna para él, cubre sus espaldas un reparto de impresión: hasta se nos olvida que un tipo guapo como Fassbender se parece a Jobs como un príncipe a una rana. Winslet está extraordinaria, igual que Jeff Daniels. Sin embargo, la gran sorpresa es Seth Rogen, un cómico magnífico con gran ascendencia en el Hollywood de la última década que aquí se reivindica como actor de carácter y enciende el turbo para darle a su Steven Wozniak (uno de los cómplices primerizos de Jobs) una enorme pátina de humanidad. Rogen es el alma de Jobs porque no parece que Jobs tenga alma, y ese contrapeso es –probablemente- la única concesión emocional de una película fría como un congelador industrial.

Como de costumbre, el guión de Sorkin parece haber sido escrito en un quirófano, mojando el bisturí en la sangre de algún incauto. El dominio del lenguaje que exhibe el guionista es molesto hasta para los que solo escriben postales, siempre a caballo de una narrativa acelerada, como si golpearas el teclado de una máquina de escribir con un martillo pilón. El guionista es desconcertante, no tanto por su dominio de los resortes de su trabajo sino porque en cada película de Sorkin para explicarnos un poquito más de Sorkin. Como si los resortes de su personalidad acabaran filtrándose a sus personajes. Ya se adivinaba en la maravillosa escena inicial de La red social, con Zuckerberg tratando de sepultar a su novia en un circo de palabrería y conclusiones apresuradas, en las que se leía la propia y –conocida- travesía del escritor por el océano embravecido de las relaciones humanas. Sorkin no ha escondido jamás sus dificultades para relacionarse con sus semejantes, especialmente con sus semejantas. Eso le ha valido ser la diana de epítetos tan contundentes como ‘machista’ o ‘misógino’. La reacción del neoyorquino, mofándose de las mujeres que lo acusaban de odiarlas, tampoco ayudó.
En Steve Jobs el telón se abre de nuevo con una disputa doméstica, tan agria como la antes comentada y con una niña en mitad del campo de batalla, y ese es (como en La red social) el mecanismo que empuja la película hacía adelante y el péndulo que acaba oscilando hacía la redención.

Como con Zuckerberg, a Sorkin le han llovido palos y piedras por modificar la realidad para ajustarla a sus deseos, o mejor dicho, a su libreto. Amigos de Jobs han criticado este hecho pero pocos han negado que la radiografía de Sorkin sea precisa. Ahí radica la fuerza del filme, en su capacidad para trazar las líneas de un boceto que no aspira a ser nunca hiperrealista pero que consigue darnos una idea muy clara de la personalidad del gurú, ‘el director de orquesta’ como el propio Jobs solía definirse. Con un tipo tan poliédrico como Jobs y que además fue enterrado por un alud de biografías y documentales, prescindibles en su gran mayoría, Sorkin no deja de buscar un equilibrio casi imposible entre el hombre y el vampiro. El genio que inventó una necesidad incluso antes de crear el producto que la llenaría y el vampiro que parasitó a sus amigos, renegó de su hija y se creó una cohorte de esclavos que le adoraban y temían a partes iguales.

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Viendo la película queda claro que el guionista repasó Piratas de Silicon valley, probablemente el mejor documental sobre Jobs junto a Steve Jobs: The man and the machine (de Alex Gibney) y que conoce la historia del magnate del derecho y del revés. El resto, lo de llenar huecos con cosecha propia, es algo irreprochable si uno no trata de venderle al mundo que ha sido impoluto a la hora de reflejar el pasado. Sorkin ha dicho a las claras que ha introducido inventiva a voluntad pero que en ningún caso lo ha hecho para mostrar algo que no estuviera allí. Es difícil saber de forma precisa si el Jobs de Sorkin (y un poco de Boyle) es fiel al que un día fue el amo del mundo, pero conociendo al guionista es bastante probable que así sea. En cualquier caso, si alguien puede firmar una autopsia sin necesidad de hacer un solo corte ese es Aaron Sorkin. Eso sí, que nadie espere salir impoluto del cine, porque Steve Jobs mancha. Y mucho.

 

CIBASS Puntuación CIBASS Cuatro puntos


2 Responses to “Steve Jobs: autopsia en tres actos”

  1. How do you work here ?

  2. fred says:

    I couldn_t resist commenting. Exceptionally well written!

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