Masters del Universo: como se rodó la película de los juguetes más exitosos de los ochenta

Por Scott Burton

Un día como otro de 1986 en las oficinas de Cannon Films en California le comentaba el recién fichado por diez millones de dólares Sylvester Stallone a Menahem Golan que como podía darle una sola línea de diálogo a Dolph Lundgren, reciente adquisición de la productora. Sly, que acababa de encontrarse con el actor sueco en la entrada del nuevo mega edificio de la Cannon mostraba así sus dudas sobre las capacidades interpretativas del rubio de Estocolmo, como si él fuera Harvey Keitel. Pero ya era tarde, al igual que hicieron con Van Damme, Golan se había propuesto hacer una estrella a Lundgren que tenía todo lo que se necesitaba por aquel tiempo en la Cannon : Buen físico y aptitudes para las artes marciales, que en el caso del rubio eran cinturón negro de Kárate Kyokushinkai, cinturón negro en judo y ciertos conocimientos de boxeo. Por si fuera poco, Dolph Lundgren contaba con un coeficiente intelectual mucho más alto de lo normal y una ingeniería en química y (puestos a contar anécdotas desviándonos del eje central) no sobra contar que el actor vive en Marbella desde hace treinta años, ciudad de la que se enamoró durante su luna de miel y que acabó convirtiendo en residencia.

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Fichado Lundgren para el papel de He-Man aún faltaban una serie de personajes principales para completar la versión cinematográfica de las figuras de acción (lo que aquí llamamos muñecos, para entendernos) más populares de Mattel en los ochenta y en de la figura del mayor enemigo del príncipe Adam de la que tenemos mejor recuerdo. En Cannon se quería a un villano que hiciera historia, algo así como un nuevo Darth Vader para la figura de Skeletor (y no es la única influencia de Star Wars, miren si no los robots soldados enemigos) por lo que se optó por la mejor idea del film: fichar para el villano principal a un actor de peso como Frank Langella. Para el resto del reparto se eligió a caras accesibles (y algunas ya familiares) como una jovencísima Courteney Cox (que más tarde se haría mundialmente famosa en la serie Friends), Meg Foster, Billy Barty, Robert Duncan McNeill, James Tolkan o Chelsea Field, un casting acertado para una producción de segunda que -sorprendentemente y tratándose de Cannon- tuvo un buen resultado.

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Comentaba el director Gary Goddard que tras tener nula confianza en el talento interpretativo de Lundgren (que para colmo tenía acento) doblaría posteriormente su voz y que tendría que tomar una decisión que acabó siendo el mayor acierto del film: centrar la historia en Skeletor, sus esbirros y sus malévolos planes y así dar protagonismo interpretativo a un portento de la actuación y ceder diálogos más largos a los acompañantes de He-Man de modo que el rubio de 1,96 se limitara a soltar frases cortas y rodar las escenas de acción. Goddard, que si revisamos la película notaremos que sabe perfectamente como mover y colocar una cámara, no sólo disimuló los defectos de Lundgren, sino que supo dar mayor peso, fuerza y seriedad a una película cuyo rodaje narra casi como una pesadilla ya que se gestó en pleno declive económico de Cannon Films. Y es que si bien los sets eran grandes y los actores (la mayoría) reputados, el director describe la filmación literalmente con la siguiente frase “cada día había un nuevo problema o crisis que había que solventar y seguir rodando como se pudiera“.

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A pesar de la fama de cutre que la película ha cosechado entre la gente desde su estreno la verdad (simplemente por el hecho de provenir de una Cannon moribunda ya en aquella época) en mi opinión no es una característica real del filme. Desde un reparto dinámico y carismático (empezando por el propio Lundgren que para el target de la película en su estreno tenia el perfil perfecto), pasando a la fantástica banda sonora de Bill Conty, los efectos de maquillaje de los caza recompensas, un vestuario que no se ve ridículo con el paso del tiempo, los efectos especiales y de sonido son aceptables para la época, el set gigante del castillo de Skeletor y un guión coherente con un final precioso y emotivo -protagonizado por Courteney Cox y Billy Barty- para una película de acción infantil basada en unos juguetes. Hacemos justicia de algún modo a una de las películas favorítas de la infancia de muchos de los miembros de Can it be all so simple, un filme injustamente denostado que se deja ver razonablemente bien y que ha envejecido mejor de lo que esperábamos dentro de las pretensiones que tenía en su gestación. Por si fuera poco, significó la materialización en película de la linea de juguetes favorita de aquellos que nacimos en la década de los ochenta (probablemente junto a las figuras y el ring de la WWF que salieron pocos años después) y que salió adelante gracias a una serie de factores pero especialmente por el empeño de Gary Goddard y de un tal Frank Langella vestido de esqueleto.

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