El niño 44 o el amor en tiempos del soviet

Por David Rodríguez, @davidjguru

 

Largos y complejos son los senderos de la propaganda anti-soviética. Como es natural y asumiendo que la violencia es la partera de la historia y la economía es la madre, es bastante intuitivo modelar la lucha de clases como los forceps que aseguran la extracción del nuevo ser: aquí tenemos un pequeño modelo fácil de comprender y sin necesidad de ponernos excesivamente marxistas. Por desgracia este modelo no solo lo usamos usted y yo, no, querido lector (o lectora) desde hace unos ciento cincuenta años mucha gente que está al otro lado de la trinchera ideológica y económica también lo conoce, y lo usa. Lo mantienen vivo, se mantienen alerta e invierten ingentes cantidades de dinero en conseguir que ese parto no llegue a producirse.CIBASS El niño 44 De ese tipo de gente que cuando ven las imágenes de una gran manifestación – sabedores ellos de que los cambios de mejora para las masas siempre vienen asociados a grandes movimientos – les entra la risa. Pero no la risa floja. La risa nerviosa, histérica. Y piensan que hay que pisar más el acelerador no vaya a ser que la guerra de aniquilación absoluta en la que ellos andan inmersos cambie de signo así en los últimos minutos del partido. Por si acaso, deciden pulsar el botón que aplica más fuerza a su propia versión de sus canales de agit-prop. Y así terminan saliendo cosas como esta. Da igual que hablemos del hombre de Alemania Oriental que no sabía usar los cubiertos para comer en aquella “Uno, Dos, Tres” de Billy Wilder o aquel embustero embajador soviético en pleno Washington durante la crisis de La caza del Octubre Rojo. El cine occidental, salvo contadísimas excepciones tiende a defender los intereses de los amos de su industría.

El Niño 44 es anti-soviética. Déjenme usar la expresión aunque no sepan muy bien que quiere decir exactamente. Tenía ganas de escribirla, al hacerlo me he sentido muy Yagoda y algo Beria. Así que enviemos la película a un campo de reeducación mediante el trabajo y hagan el favor de no enviarle ni siquiera un mísero bocadillo porque correrán la misma suerte.
¿Qué quieren que les diga? esta introducción era absolutamente necesaria porque sin la carcasa histórica y una leve apariencia soviética que introduzca algo de ritmo épico-político no se sostiene. Al igual que ocurre con la película en cuestión: El Niño 44 es un muermo. Llevenme a la Lubyanka a mi también.

Quisieron hacer un “Gorki Park” cruzada con la historia chunga de Andréi Chikatilo (un asesino en serie) y han obtenido una especie de versión adulterada de “Amar en tiempos revueltos” pero en el contexto URSS: descafeinada, vacía, sin ritmo, sin personalidad propia, aburrida, timorata…sería algo así como un excelente proyecto de fin de carrera (o fin de máster, o TFG, o como quiera que lo llamen ahora) evaluado con buena nota y que tiene todo lo que debe tener a nivel técnico: reparto, guión, interpretaciones, fotografía, montaje…pero no tiene espíritu. Así es (lamentablemente).

Cierto es que la obra original tampoco ayuda…El niño 44 está basado en un librito de esos “Best-Sellers” de nivel y calidad de El niño del pijama de rayas, El Código DaVinci y otras grandes obras de la literatura McDonalds, opúsculos que así en general y a falta de matices, intereses y profundidad se cuelan en las estanterías de cualquier familia de clase media-baja (ahora ya clase baja-baja) y forma parte del acervo cultural de cualquier cuñado que se precie. Si la novela original ya era un Thriller mediocre, figúrense la traslación a la pantalla. Pero es que en realidad es todavía peor. Al menos la novelita de Tom Rob Smith le lleva ventaja al film en tres aspectos que la película parece haber dejado a un lado:

1-El protagonista: Leo Stepánovich, es además de un pequeño héroe de la URSS, un yonqui. Un verdadero yonqui. Consume anfetas para trabajar más y más y poder dedicar más horas a las investigaciones. Un yonqui del proletariado con un estado anímico y físico bastante jodido.

 

2-El entorno: Desgraciadamente, la historia no se explica bien sin el Holodomor ucraniano. Esta hambruna desatada a causa de la suma de malas cosechas y conflictos rurales dentro del contexto de la guerra contra los kulaks (campesinos ricos) en la URSS fue un argumento importante para la propaganda anti-soviética de la época: Goebbels y sus técnicos la anunciaron y los diarios del magnate William Randolph Hearst (el ciudadano Kane de Orson Welles) hicieron el resto. Esa cantinela de los cien millones de muertos del comunismo (que siempre está en aumento) ya comenzó a gestarse como campaña hace mucho tiempo.

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Portada del 25 de febrero de 1935 del Chicago American : “Seis millones perecen en hambruna soviética”

Desgraciadamente y a pesar de ser una campaña antisoviética de manual, el Holodomor ucraniano se presenta como la premisa de toda la novelita: es el contexto inicial del protagonista y en realidad es el disparador de los hechos que se entrelazarán años más tarde. Sin la crisis del campo en Ucrania no se entiende el resto de la historia: y en la película simplemente, no está.

 

3-El giro final: no presentar el giro final tal y como aparece en el libro es un pequeño fracaso. Porque está claro que una hamburguesa fast-food no es que tenga muchos matices, pero si le quitas ya la carne directamente te quedas con el pan y el resto de ingredientes menores. Y eso resulta todavía más deprimente que la propuesta inicial. Y así va la película.

Por otra parte, lástima no aprovechar bien la química que manejan Tom Hardy (niño raro) y Noomi Rapace (niña rara) cuando hacen de “pareja rara”. Tal vez tenga demasiado presente en este momento la interesante “The Drop” pero sin duda creo que la pareja puede funcionar mucho mejor de lo que lo hace en esta producción. Por ellos puedo disculpar hasta la elección de Gary Oldman para interpretar al General Mikhail Nesterov y que un alarde de creatividad (pero no mucha) este acabe convertido en un trasunto del comisario James Gordon de Gotham City; ya saben ese rollo “No entiendo lo que quiere encontrar y no me fío de usted, pero pondré toda mi carrera profesional en juego por ayudarle”.

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El niño 44: Tom Hardy y Gary Oldman

Lo dicho, un intento de reproducción fallida de un estándar del cine con un elenco mal aprovechado, una historia recortada en varios puntos clave, un Ridley Scott que ha debido palmarse algo de pasta como productor y una película del sueco Daniel Espinosa tan formal y vacía como un proyecto fin de carrera de unos estudiantes mediocres. Un telefilm de A3 al mediodía o una de esas culebrones patrios ambientados en nuestra postguerra. Amar en tiempos del soviet. Pero no todo tiene por qué ser malo.
Gracias a El Niño 44 podemos salir de la sala de cine escuchando a un adolescente lleno de tatuajes, con sus zapatillas de marca y gorra Obey decirle a su amigo “Jo tío, no veas como les comían la cabeza a la gente en la Unión Soviética ¿Eh?”.

Gracias señores (y señoras) capitalistas. Lo han vuelto a hacer.

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