Me convertí en hombre lobo por culpa de Pedro Reyes

Por Doctor Cancamusic, @DRCancamusic

Han pasado más de dos meses y todavía lo sigo pensando. Joder que putada. Sí, en serio, una verdadera pérdida. Una desaparición de esas sentidas, pero no del postureo habitual ese de “siempre se van los mejores”, “ahora escucho todos sus discos” o “necesito frase para publicar en Facebook”. No joder, a este tío se le quería de verdad. Yo lo quería. Y que haya desaparecido es bastante triste y muy duro. Parece casi un acto de su propio arte, ese arte extraño, surrealista y delirante, de loco peligroso. Tan peligroso que hasta perdió el control de su propio corazón y se le paró. Pedro Reyes, uno de los cómicos más interesantes que ha dado este país.

CIBASS Pedro Reyes

Este país que se quedó en el humor bizarro y casposo de los chistes de gangosos, cojos y mariquitas y que consideró “Avant-Garde” el storytelling tróspido del chiste del niño de los garbanzos y demás miserias no estuvo preparado durante un gran lapso de tiempo para recibir a Pedro Reyes. Considerado un outlier, de la línea separada de Tip y Coll o Gila, este ciudadano modelo que a todos y todas nos conquistó con sus americanas brillantes sobre camisetas blancas de tirantes o con su chiflado peinado nos forzaba constantemente a hacernos preguntas sin cesar ¿era calvo? ¿tenía melena? ¿cómo podía un calvo tener a la vez el pelo largo? ¿qué es esto? ¿quién era este tipo? ¿de dónde ha salido? y salió del teatro, de la mímica y de la calle. Literalmente.

Pedro nunca fue del gusto de todos, reconozcámoslo ya: solo a los infantes no volvía literalmente locos. El resto de nuestra familia lo denostaba. Echad la vista atrás. Yo cuando lo hago recuerdo los almuerzos frente al “No te rías que es peor” (un programa de sobremesa dedicado al HUMOR -joder que tiempos-) y a mis padres eligiendo a sus favoritos: que si el hortera Marianico el corto, que si el costumbrista Emilio Laguna con sus (hiperrealistas) imitaciones de sarasas (siento el término, pero gay no me parece exacto ni homosexual tampoco) y el resto de la morralla. Barragán estaba descartado, por supuesto, ya que a todos los adultos de nuestro entorno les resultaba “demasiado desagradable” y “guarro” y mi abuela no consentía admitir que lo de Pedro Reyes fuese humor. Directamente no lo entendía y se quejaba siempre de aquel tío que solo sabía gritar, pegar voces y hacer “el caricato”. Yo me lo imaginaba delatando a ese señor del bigote delante del colegio oficial de humoristas del país y pidiendo para él la pena capital. Joder que tirria le tenía. Creo que en realidad lo despreciaba porque no era capaz de ponerle un nombre, una etiqueta, aplicarle una categoría. A la señora le faltaban etiquetas y eso la hacía desbordar. Pero para mi, al margen de todos los RANTS anti-Reyes que me rodeaban ahí estaba la clave, en ese puto descarte. Ahí estaba lo que nadie sabía ver y sin embargo lucía solo: el puto Pedro Reyes.

Comenzó como solo lo más humildes suelen hacerlo: en la puta calle. Haciendo mímica y representaciones por las calles de Huelva con aquel grupo de teatro llamado “Centuria” en 1977. Ahora imaginemos un país como el nuestro en 1977 y pensemos, por favor, que todavía andaba coleando aquella ley de “vagos y maleantes” que entre otras cosas, favorecía que te metiesen en el calabozo por llevar el pelo largo: eso podía convertir a las actividades de calle en actividades de riesgo para tu integridad física. Pero el caso es que en aquel grupo se iniciaron gente como Pablo Carbonell y Pedro Reyes, que conoció al primero a través del hermano de Pablo.
Más tarde en dirección Sevilla en busca del Dorado (aguanten las risas por favor) hasta actuar en aquel restaurante-tablado extraño llamado Zarabanda donde conocieron al gran Wyoming haciendo de guardaespaldas de Loles León por ser este local un sitio de cierto riesgo (demasiado cerca de una de las comisarías de Sevilla con peor leyenda negra) y de ahí a Madrid (y más en concreto de okupas a la casa del Wyoming, pero eso es otra buena historia).

Madrid y la calle para más tarde aparecer en La bola de Cristal. Yo si recuerdo (tengo una edad) pasar las mañanas de los sábados delante del televisor viendo ese lisérgico programa que entre otros contenidos traía a Pablo Carbonell y a Pedro Reyes representando teatro histórico (figúrense). Lástima que solo con el paso de tiempo y la existencia de Youtube pude confirmar que aquel presentador extraño que veía coquetear con un dibujo animado en un programa de variedades era el mismo que recordaba haber visto de pequeño: aquella etapa de Pedro Reyes como co-presentador de “¿Pero esto que es?”. De las calles de Huelva al prime time de la primera cadena. No es show business como lo entienden en USA, pero seguro que es la cumbre a la que aspirar en un país como este entre los 80 y los 90.

Luego ya la gloria en aquel “No te rías que es peor” (que el llamaba “No te extrañes que te estriñas”) del que fue un miembro constante durante varios años. Ahí se metió en nuestros hogares día tras día y se dedicó a hacernos felices con sus gritos, sus insultos al público, sus locas actuaciones y sus estrambóticas chaquetas. Su chiflado storytelling como aquel en el que nos contaba que se había enamorado de una vaca:

¿Qué más se puede decir? su regreso a los circuitos de la mano de El Club de la Comedia y la reivindicación de su influencia por una generación nueva de cómicos que traían hecho ya un nuevo I+D+I para el humor, sus nuevas giras y su vuelta a la televisión de la mano de Andreu Buenafuente. Volvía a la tele y no podíamos evitar verlo. Sabíamos que no sería indiferente: mordaz, creativo, inconexo, polémico y conversador. Así era Pedro Reyes. No le tengamos en cuenta proyectos como la obra junto a Josema Yuste y Felisuco, por favor. A fin de cuentas, hasta los genios se equivocan alguna vez.

Espero que ahora pueda confirmarnos aquello de que el cielo es infinito pero un poco estrecho. Queda para siempre el que tal vez pueda ser el mejor chiste de la historia.

Gracias Pedro.


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