Como conocí a Eduardo Galeano

Por David Rodríguez, @davidjguru y Alberto Pérez, @NoUso

Conocí a Galeano en una feria del libro. Creo recordar que fue con ocasión de la presentación de su obra “Espejos”. En aquella ocasión esperé religiosamente la infinita cola que se había formado solo para recibir una firma del autor, aunque a mi en realidad me importaba poco la firma. En verdad yo quería mirarle los ojos a Galeano. Esa era mi verdadera misión. Atesorar una firma me recordaba demasiado a acumular objetos, y por consiguiente es algo que siempre me ha incomodado mucho. Pero era el único argumento para intentar conseguir la experiencia, con lo que cogí mi edición de los espejos y me puse en una fila.

En cuanto llegué, lo miré a los ojos. Aquellos ojos claros que habían visto la historia de la segunda mitad del siglo XX de cerca, especialmente en América Latina: escapó por los pelos de la junta militar del Uruguay, huido de la dictadura argentina y caminante de casi todos los caminos del avance político y social de los países en vías de desarrollo. Para mi era una experiencia importante. En casa había crecido con un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina y con ejemplares de la revista “Marcha” de Montevideo, donde el Che Guevara había publicado aquella reflexión cargada de ilusiones y tautologías llamada “El socialismo y el hombre en Cuba”. Cuando todavía no tenía formación suficiente ni criterios como para leer eficientemente a Marx, Galeano ya me había inoculado el pequeño virus de la duda, de la búsqueda, ese que te sube las ganas de ir levantando todas las alfombras que te encuentras por el camino. En esos ojos enfrentaba yo cierta personificación de la cultura política familiar en la que había crecido y que de manera determinada había marcado mi interpretación del mundo.

CIBASS Eduardo Galeano difunto

En aquella ocasión, miré a Galeano y él me devolvió la mirada. Muy nervioso y emocionado, le pregunté: “Eduardo, ¿Cree usted que vale la pena luchar? ¿Llegaremos a cambiar las cosas?” y ahí me quedé esperando una respuesta suya que bastase para sanarme.
Él, en cambio no me devolvió palabra alguna. Simplemente me aguantó la mirada, me sonrió de manera entrañable, algo así como un abuelo mirando a un nieto que está equivocado pero que tiene la paciencia y la generosidad de no querer interferir en sus procesos vitales, y me agarró la mano. Solo eso fue lo que recibí. Unos segundos más tarde, soltó mi mano y el resto de la cola me empujó algo lejos de allí. Y yo me llevé la mirada azul de la historia contemporánea del subcontinente, que se abrió paso en mi como la mirada del abismo en tu interior cuando te asomas a él. Decididamente no quiso decirme la verdad ni tampoco mentirme. El hombre que había sido amigo de Allende, el entrevistador de la revolución cubana, el didáctico periodista que nos ha contado muchas historias de nuestro mundo entre finas ironías y metáforas muy pulidas, con tantos fracasos y golpes de estados fascistas a sus espaldas, sabía que la respuesta a mi pregunta es demasiado complicada y lamentablemente, especialmente cruel cuando se está en el lado de los perdedores de la historia. Pero a cambio me dio la oportunidad de descifrarlo e interpretarlo en su propia condición, en ese mismo momento.
Yo buscaba una respuesta específica, el pareció ofrecerme un Koan.

A veces pienso que Galeano era el tipo de persona para la que lo importante no es la victoria final, sino el proceso. Que tal vez prefiriese hacer avanzar el campo de lo posible antes que ganar mil batallas. Alguien que no veía segura ninguna victoria y tal vez no confiase demasiado en el mismísimo día después. Quien sabe. Supongo que Galeano era de esas personas especiales que se manejan y se entienden mejor en una zona intermedia entre la vertical del sueño y la horizontal de los asuntos terrenos. Galeano aquel día prefirió no darme ninguna respuesta para que encontrase yo mismo las mías propias.

Luego, pocos años más tarde, acudí a verlo a otra presentación de un libro suyo. Pero el que había cambiado era yo, que ya no tenía dudas que fuesen demasiado importantes.

Se murió Galeano hace ya una semana y arrastro cierto dolor, cierta pérdida interior. Teníamos que haber escrito antes de él, pero era duro, era difícil. No era como escribir de un cómic o de una película de gringos. Esto era algo más personal, más profundo, más sentido. Tal vez de las pocas oportunidades para abrirse el pecho un poco y mostrarlo desde aquí. Miro alrededor y veo que no se extinguen los Bush, o los Kissinger ni siquiera los González ni las Aguirres. Veo a los traidores vivos y a los que les dieron voz amable a los desesperados desvaneciéndose uno a uno. Pero que más da. Los panegíricos de Galeano los escribiremos aquellos que sentíamos cosas especiales mientras despertábamos a otras formas de leer la historia, esas versiones que no cuentan los vencedores.

Ciao Eduardo. Disculpa la tardanza en escribir esto. Pero es que una semana más tarde sigo con el nudito en la garganta.

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CIBASS Galeano

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Conocí a Galeano a través de un amigo, amigo que compartimos los dos que aquí escribimos. Sergio me recomendó, hasta en tres ocasiones que leyera el Libro de los abrazos. Yo era muy joven, estaría entre los 13 y los 14 años cuando esto se produjo. Al principio no le eché demasiada cuenta, pero encontré en una feria del libro el volumen de la obra y sin más procedí a pedir a mi madre que si podía comprarlo para mi.

Este libro resultó para mi toda una sorpresa, había en aquellas páginas otra manera de ver el mundo, de contar el mundo, y, definitivamente, de recibir el mundo. Como lector precoz me costó mucho asociar algunos de los relatos a mi realidad cotidiana, y sólo el paso de los años ha hecho madurar en mí las palabras de Eduardo.

La voz uruguaya me fue acompañando, son pocos los libros que abro una y otra vez, y este, por supuesto, es uno de ellos. Siempre estuvo cerca de mi mesilla de noche. Sin embargo, y es un pero importante, nunca indagué más en la obra de Galeano. No fue hasta mi veintena, cuando empecé a interesarme por los estudios sobre América Latina, cuando me reencontré con Galeano y su irrepetible “Las venas abiertas de América Latina”. No hubo nada más enternecedor, más avivador del fuego de la indignación, más concreto y ambiguo que los párrafos allí vertidos.

Y es que la voz del uruguayo se te incorpora hasta lo más profundo del cuerpo, y, una vez digeridas las palabras, vuelven a fluir, directas al cerebro, en un acto de rumia como pocos. A partir de ahí entrevistas, los relatos con su voz, el uso de sus palabras en lecturas políticas de toda clase, hacían de Galeano un elemento básico y siempre presente en la bibliografía personal.

CIBASS Eduardo Galeano

Cuando en 2011 Galeano publicó “Los hijos de los días” tuve la suerte de acudir, en la Feria del Libro de mi ciudad a una firma de ejemplares. Aunque tengo otros libros firmados por diversos autores, era la primera vez que acudía específicamente a un acto de este tipo. Me planteé mucho si acudir o no, el fenómeno fan no es lo mío, y mis mitos prefiero que estén muy alejados de mi. Pero algo pudo más que mi “sensatez”, no se porqué, pero me salté todas las barreras y allí que me presenté. Estaba de los primeros en la fila innumerable de gente que se acumuló horas antes de la fijada. Allí estábamos, mientras se empezaba a preparar el Stand para el acto.

Mientras arrancaba, me puse a leer los relatos que aparecen en el Libro de los Días, y poco a poco, como siempre que leía a Galeano, empezaba a encontrarme “raro”, una mezcla de felicidad, alegría, indignación y rabia. Por fin apareció ese “viejito”, con un cuerpo que parecía frágil y una mirada que encerraba todo. Esos ojos azules, fijos, severos, pero a la la vez tiernos, de los que invitan al abrazo, al cariño, y a que te miren mientras te relatan alguna vivencia. Eran los ojos del siglo que se había ido, la mirada de quien ha recorrido medio mundo huyendo de la intolerancia y el salvajismo de quienes imponen su voluntad sin importarles nada. Era la mirada del eterno luchador.

En esos momentos una de las organizadoras insistía en que se sentara en una silla, tras el mostrador, como hacían todos los demás escritores en la Feria, sin embargo aquel viejito insistía en seguir de pie, decía que no se podían poner barreras, que los lectores venían a verlo a el, no a sentarse en una mesa. Y allí quedó, en pie, junto al stand, para recibirnos uno a uno, mirarnos a los ojos, y firmarnos el libro. No pude dejar de pedirle un abrazo, que más tarde asimilé como una derrota en esa lucha contra mis ídolos que yo mismo me planteo.

Al tiempo, me di cuenta que no. Le había pedido un abrazo a un desconocido, sí, pero un desconocido que me ha dado fuerzas, un desconocido que me ha enseñado que el mundo es una mierda, pero que no por ello debemos dejar de bajar los brazos. Un desconocido que siempre me dijo que los invisibles seguirán siéndolo si no hacemos nada por mostrarlos. Un desconocido, sí, pero un desconocido al que yo quería. Por lo mucho que me ha dado. Y lo mucho que me ha dado Eduardo Galeano es incomparable a lo que me ha dado ningún desconocido nunca.

Con la posteridad de su muerte, no nos queda más que engrandecer su figura, señalarlo como ese señor desconocido que nos ha hecho llorar y reír, que nos ha hecho levantar los brazos y decir que ya basta, que la dignidad es lo más importante que tenemos, por lo que más pagamos, sí, pero lo único que nos queda.

Hasta luego Eduardo, y que el camino que abriste nunca se cierre.

 

 


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