Candyman, el terror de los ochenta que se hacía en los noventa

Por Scott Burton 

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No cabe duda de que Clive Barker es uno de los autores de terror y fantasía más aclamados, creador del archiconocido Hellraiser además de director de cine y artista visual gestor incluso sus propios videojuegos de la mano de Electronic Arts. Se podría decir que la vida del escritor cambió el día que Stephen King dijo algo así como “He visto el futuro del terror y su nombre es Clive Barker”.
Constructor de mitologías llenas de detalles, complejidades y una fuerte carga sexual, el autor nacido en Liverpool a comienzos de los cincuenta suele narrar una constante de universos  ocultos que conviven con el nuestro.
Uno de los numerosos relatos cortos de la carrera de Barker (The forbidden, concretamente) sirvió como inspiración para la película Candyman y sus dos secuelas, realizadas en 1992, 1995 y 1999, tres filmes de distinta calidad y trascendencia con la misma base mitógica creada por el inglés.
Decía José Viruete que en España los años 80 llegaron hasta el 95 y algo así ocurrió con el cine de terror proveniente de la mayoría de países. Con los cambios estéticos naturales y propios de una nueva década pero con unos relatos más cercanos al éxito (en términos comerciales y de calidad) de la época anterior,  hubo una especie de continuidad o de sector en el cine de terror a comienzos de los noventa que -a menos que prestemos atención a la ropa- no se diferenciaría casi nada del boom del género de la década de Pesadilla en Elm Street, El Ente, Al final de la escalera o Poltergeist. Candyman es claramente una de esas películas, inspirada por obras anteriores y clara influencia para otras venideras con una mezcla entre leyendas urbanas, gore, espíritus atormentados y contextualizada en el ghetto de Chicago. Ya saben que la mayoría de películas del género (y más en aquella época) se desarrolaban en barriadas de casitas impersonales o mansiones encantadas. Candyman se aleja de todo ello para contar sus historia entre bloques de ladrillos y hormigón del sur de la ciudad del viento, una localización que descoloca al principio pero que funciona al ser un concepto nuevo diferente y plenamente acompañado y reforzado por la música y la fotografía elegida.
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Helen Lyle (magnificamente interpretada por Virginia Madsen) estudia la mitología de las leyendas urbanas en la universidad de Chicago. Investigando e indagando comienza a centrarse en la fábula marginal de Candyman, una especie de fantasma que se aparece a tu espalda si pronuncias su nombre cinco veces frente a un espejo. A propósito de la investigación de Helen, un profesor de la universidad explica la base histórica de la leyenda: Candyman es el espíritu vengativo de un antiguo esclavo que fue mutilado por el padre de su propia amante. Cuando la bella estudiante se decide a repetir el nombre del ente cinco veces ante un espejo despierta a Candyman que pondrá en movimiento una serie de inevitables hechos sangrientos.
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Bernard Rose, director de la película y de confusa trayectoria se ponía tras las cámaras en este clásico del videoclub ejecutado como una versión suburbial de Pesadilla en Elm Street, filme con el que guarda no pocas similitudes. Rose crea un espacio opresivo y gris alejado de las urbanizaciones tan explotadas en el Hollywood de la época y se introduce en la mente de la protagonista hasta el punto de que no sabemos cuando un brutal asesinato es obra de Candyman o de Helen Lyle, ya que ella aparece con el instrumento de la matanza en la mano cada vez que ocurre uno de los hechos.
Virgina Madsen es uno de los grandes apoyos de la película, protagonista y peso del largometraje en una actuación completamente creíble, así como el rotundo Tony Todd en el papel de la violenta y constante aparición. La música también juega un papel importante, con ese tono gótico en contraste a los edificios de los projects, La obra de Philip Glass, compositor nominado varias veces al óscar por su música en otras cintas. Candyman es un clásico de los VHS, una película de las que se quedan en la parte de atrás de tu cerebro y que de inmediato activan una serie de mecanismos que te hacen querer acercarte al encontrarla (de casualidad, como mi caso) en alguna review o lista de películas de horror. El filme ha resistido bien el paso del tiempo y sigue mereciendo la pena mucho más allá de la importancia que le podamos dar como parte de nuestra infancia. 
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One Response to “Candyman, el terror de los ochenta que se hacía en los noventa”

  1. Fade says:

    Todavía me acuerdo de la primera vez que vi Candyman, me encanta esta peli.

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