Por qué no me gusta la Semana Santa

Por Dani Bargalló, @elleondelametro

No puedo evitarlo, lo reconozco. Es llegar la “semana grande” de mi ciudad y experimentar un rechazo que se manifiesta a distintos niveles, desde no queriendo ver ninguna procesión hasta la no comprensión de las personas a las que les gusta esta fiesta. Pero este año quería planteármelo de manera diferente. Quería averiguar por qué. Por qué a pesar de haber nacido en una ciudad en la que esta celebración está tan presente durante todo el año, no me causa el más mínimo interés. Por qué incluso tras haber procesionado durante unos cuatro años, no solo dejé de hacerlo sino que además empecé a no entenderlo. ¿Por qué toda esta frustrante sensación de desasosiego, de tener la necesidad de evitarla?

Lo primero que se me venía a la cabeza es “porque es una fiesta religiosa” Yo dejé de postularme para santo hace ya bastantes años, aunque sigo siendo afable en el trato y esas cosas. Pero básicamente la religión me parece un invento humano que sirve para esclavizar a las mentes y mantenernos débiles, dispuestos y vulnerables. Bueno, eso está bien para empezar una conferencia sobre ateísmo, pero para este caso me resultaba una crítica demasiado amplia. Hay fiestas de Semana Santa en muchas ciudades de España y el mundo. En todos estos países son fiestas religiosas, pero no son tan masivas como en…eh, espera, se me ocurre otro motivo.

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El centro histórico se vuelve impracticable. Así es, a menos que dispongas de una skill de +100 en la habilidad “control de masas” moverte por las calles del centro de la ciudad es una auténtica odisea. He llegado a quedarme horas, literalmente, en una oficina que estaba en el centro porque pasaban tres cofradías seguidas por la calle por la que yo tenía que salir. Puedes intentarlo claro, pero entonces te arriesgas a miradas asesinas de nazarenos y miembros de la cofradía y al desprecio e incluso el insulto de tus conciudadanos, que se han currado medio metro cuadrado de espacio para que ahora vengas tú y los roces o los empujes sólo porque quieres irte a tu casa. “Oye te tienes que esperar” “Si no se puede pasar, no se puede” “Un respetito que está pasando la cofradía hombre”.

¡Eso es! No me gusta por la gente. No me gusta porque mucha gente se vuelve verdaderamente intransigente con el asunto. Está claro que a la gran mayoría de la población de mi ciudad le gusta esta celebración. ¿Pero y a los que no nos gusta? ¿Y a esa minoría que preferimos quedarnos en casa, o sencillamente huir de la ciudad? (si es que se puede) Si decimos públicamente que estamos en contra de la fiesta o que no la entendemos se nos critica, desde las formas condescendientes del “Bueno, esto no le puede gustar a todo el mundo” hasta la forma más cuñada y chabacana: “Pues si no te gusta, ya te puedes ir yendo porque esto es lo que hay”. (La forma cofrade del “Vete a Cuba) Y ya ni te digo si la crítica es de carácter económico.
A lo mejor es eso ¿no? ¿Quién pone dinero y quien lo recibe en todo este asunto? El Ayuntamiento de mi ciudad destina un generoso presupuesto a esta celebración, pero ¿Cuánto recibe a cambio? ¿Hay hermandades destinatarias directa o indirectamente de dinero público? ¿Y que obtenemos a cambio de este esfuerzo? No hay mucha claridad al respecto. Aunque oye, atrae a muchos turistas. El argumento “Deus ex machina” clásico.
En general no me quedaba nada claro. Tenía varias ideas, pero había que darles forma. Así que tras un par de lecturas y dos o tres conversaciones creo haber podido comprender un poco más como funciona esta fiesta. Y para mi sorpresa he descubierto que en realidad no es la fiesta en sí lo que me provoca urticaria, sino el uso que de ella se hace en mi ciudad.

Aquí voy con mis conclusiones:
La primera cosa importante que hay que tener en cuenta es que la Semana Santa, a pesar de la impresión que se pretenda dar, no es una fiesta homogénea en el tiempo ni en los diferentes lugares en los que es vivida. Nos resulta más o menos claro el hecho de que la celebración no se vive igual en los diferentes pueblos y ciudades de Andalucía, aunque la mayoría de los elementos son comunes. Percibir la evolución temporal de la misma es algo más complejo, pero basta con revisar ciertas páginas de Internet que muestran su devenir histórico, para darse cuenta que no ha sido un recorrido lineal o ascendente.

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Como cualquier fiesta, la Semana Santa no escapa a ciertos principios básicos de toda celebración social como son la simbología y el ritual. El efecto que la misma provoca puede medirse trazando una línea que comienza con el individuo y termina en la colectividad del grupo. Esto es muy importante, dado que entre otras cosas es capaz de explicar el porqué de la alta participación social que tiene este evento, poseedor de un innegable carácter religioso, en contraposición al bajo interés por el ritual tradicional del rezo comunitario dominical, lo que viene siendo ir a misa.

A nivel individual, ¿Cómo funciona? Bueno, hay que tener en cuenta que los tiempos en que vivimos se caracterizan desde hace ya bastantes años por una pérdida gradual de lo que podríamos llamar la identidad colectiva. A nivel general la globalización apunta en el mundo occidental hacia una homogeneización de formas, lugares y principios. Esta especie de “apisonadora cultural” va moldeando, a gusto de los mercados fundamentalmente, desde las relaciones personales hasta las comunitarias, así como los puntos de vista y de conexión con nuestro pasado, con nuestra historia y con nuestra identidad. La pérdida simultánea de la identidad de clase, padecida sobre todo por los estratos sociales más bajos, no ha hecho sino sumarse a todo este proceso. Como botón de muestra de lo anteriormente dicho, no hay más que darse una vuelta por el centro de la ciudad y percibir esa sensación de artificialidad que se respira en ciertas zonas del mismo.

A este respecto, las hermandades aparecen como lugares tradicionales, reservorios de esa identidad perdida o en descomposición. No importa que la hermandad sea relativamente nueva, pues esta organización representa lo tradicional en sí misma, garantizando a sus miembros un espacio en donde la identidad de lo común es respetada, cuando no construida. No debemos olvidar tampoco la capacidad de proyección social de las hermandades. Entrar en una hermandad es una forma sencilla, y relativamente fácil de lograr prestigio y ascensión social. No importa que ese poder que eventualmente pueda obtenerse sea real o ficticio, grande o pequeño, pero en el momento en el que el miembro de una hermandad es reconocido como alguien a tener en cuenta en su comunidad cotidiana, el efecto se habrá conseguido. Y si perteneces a esa hermandad pero no eres demasiado importante en ella, no hay nada de qué preocuparse, porque vas a tener al menos un día al año (cuando procesiones) en el que vas a ser protagonista, estarás bajo los focos mientras el resto del mundo te mira y admira. El ego… siempre el ego.
Saliendo del plano individual, las hermandades permiten la identificación del grupo con el barrio y el establecimiento de un visceral sentido de pertenencia. El hecho de procesionar simbólicamente hacia el centro de la ciudad, es una toma figurada del epicentro de poder por parte de los barrios. Una vez al año, estos entran al corazón de la urbe y son reconocidos y validados por ella en una suerte de presentación de credenciales ante las “fuerzas vivas” de la misma. Por ello las hermandades de nuevo cuño pujan por entrar a formar parte de la carrera oficial, buscan su lugar y momento para que la ciudad las reconozca.
Como es una fiesta que trasciende lo puramente religioso, resulta fácil sumarse a ella aún sin pertenecer a ninguna hermandad. Los símbolos están claros y el ritual es sencillo: Salir con amigos o familia a ver las diferentes cofradías. Es, en suma, un masivo acto de socialización, de salir a la calle y de encontrarse con mucha gente que está haciendo lo mismo que tú y con la que es fácil empatizar, esto es, generar identidad y cohesión social.

Pero a mí no es esto lo que me preocupa, independientemente del funcionamiento y de los mecanismos sociales y antropológicos que se mueven tras la fiesta. Lo que me preocupa es que en los últimos años se percibe un interés desmedido por parte de las élites locales por promover y potenciar, no ya la Semana Santa en sí misma, sino cualquier actividad en la que una cofradía esté envuelta. Basta revisar los presupuestos municipales de mi ciudad desde el año 2007, (después de un arduo descifrado, o “cómo ser transparente, pero no mucho”) para darse cuenta que hay un apoyo constante a las hermandades. Acepto que no todas las hermandades tienen el mismo poder en esta ciudad o en la suya, pero que normalmente son favorecidas es un hecho constatable.

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Hay que partir de una base y es que difícilmente la religión puede ser considerada un elemento subversivo. Sobre todo cuando el mensaje que se lanza es de adoración del sufrimiento, de respeto total a la tradición y a “las cosas como deben ser” Sé que existen casos en los que la religión se vuelve un argumento a favor del pueblo y de su lucha, se vuelve un canal de expresión y denuncia. Pero no es lo que ocurre aquí. Aquí, si la Semana Santa llegó a ser un tipo de fiesta puramente popular, me consta que así ocurrió con numerosas hermandades, el peso de la contrarreforma católica contra los protestantes y de la segunda contrarreforma durante la dictadura orientaron la fiesta hacia una expresión popular perfectamente orquestada y promovida desde el poder. Al potenciar esta fiesta desde arriba, y favorecer a las hermandades institucionalmente, el poder se asegura control, fidelidad y estatismo. Pues cualquier grupo articulado desde lo religioso tenderá a ser más reaccionario que subversivo, dada la propia naturaleza conservadora de la religión en nuestro país. El poder emplea esa religiosidad popular y esos reservorios de tradición como mecanismos de justificación y validación del status quo imperante.

Como resultado de ese apoyo institucional, las cofradías son las organizaciones que potencialmente articulan la vida social de esta ciudad en detrimento de cualquier otro tipo de organización de carácter laico. Son apoyadas desde el poder, porque nunca plantearán un escenario subversivo o alternativo de las cosas, y siempre tendrán gente deseando formar parte de ellas y de sus rituales, en tanto en cuanto son plataformas que promueven una fuerte identidad colectiva y un camino relativamente sencillo para sentirse valorado por la comunidad.


One Response to “Por qué no me gusta la Semana Santa”

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