La Isla Mínima. Horror, entorno e impunidad

Por David Rodríguez, @davidjguru

“Nadie presta atención a los asesinatos, pero en ellos se esconde el secreto del mundo”

-Roberto Bolaño

El sur es extraño, muy extraño. Tras esa leve pátina compuesta de alegría continua, buen carácter, fiesta, luz y folclore se esconden muchas cosas más oscuras, más atávicas, más agresivas y peligrosas que afectan sin remedio a la vida diaria. Lo sé bien. Lo conozco demasiado bien. Y Alberto Rodríguez, el director de ‘La Isla Mínima’ en su doble condición de sureño y hombre lúcido seguramente también lo sabe. O al menos parece advertirlo y haberlo tenido en cuenta a la hora de añadirlo al sustrato de su última obra estrenada en cines.

CIBASS Cartel de La Isla Mínima de Alberto Rodríguez

Esta es la historia de dos policías, uno joven y otro más viejo y curtido, castigados por diferentes actos a marchar al sur con la misión de investigar la desaparición de unas niñas, tras la que terminarán descubriendo aquello que siempre es absolutamente impune, y terminarán conformándose con una solución mínima del caso y retomando su camino de vuelta a Madrid…

La Isla Mínima tiene condiciones para ser incluida entre las buenas obras del cine policíaco: es una obra elegante, equilibrada, sensata, armónica y bien ejecutada. Dicen en general los expertos en cine que es difícil construir un Thriller que venga a crear algo nuevo y que pueda dar una vuelta de tuerca al género, hacerlo evolucionar y añadir nuevos módulos a un modelo de estructura muy explotada y conocida, y sin embargo parece que la película en cuestión está cerca de ello a causa de varias razones, motivos, y sobre todo de emociones: Desde su ritmo sosegado y sus bucólicas vistas consigue tensar suficiente y generar una incertidumbre severa al espectador. Lo prometo, me he agitado en la butaca. Doy mi palabra.

Desde el punto de vista de la narración, el relato de partida es una propuesta básica que los que tuvimos la mayoría de edad hace muchos años aún no hemos olvidado: la desaparición de unas niñas de una zona rural durante una noche y el posterior descubrimiento de sus cadáveres en unas condiciones realmente duras, en un caso con demasiados interrogantes sin resolver y que tras una serie de investigaciones que terminan arrojando más dudas que respuestas al caso se cierra oficialmente de manera insatisfactoria. Este podría ser el esqueleto del relato, pero solo eso. Por encima existen varias capas que a modo de músculos, piel y cabellos sirven para dotar a toda la construcción de un solido planteamiento enriquecido por una sucesión de referencias y metareferencias que hacen que la película sea un ‘must’ para toda aquella persona que guste de disfrutar buenas tramas y buenos análisis de los detalles.

Es cierto, tal y como voy leyendo por ahí que Las Marismas del Guadalquivir no son Louisiana, pero ni falta que hace. No es necesario pasar por True Detective para llegar a La Isla Mínima y ni siquiera estoy seguro que cuánto le debe esta a aquella. De hecho La Isla Mínima empezó a trabajarse antes que la primera temporada de la laureada serie y a decir verdad, el escenario, aún teniendo en cuenta lo anterior es drásticamente diferente: estamos en la España que ‘sale’ del franquismo, en pleno año mil novecientos ochenta. Demasiado lejos de Europa todavía y demasiado cerca de Franco. Estamos en el sur, en ese extraño sur poco desarrollado, casi analfabeto, en una zona rural perdida entre todas las zonas rurales posibles, un particular entorno de canales, ríos, plantaciones, y humedad donde cada cual tiene algo que esconder, al menos una historia y unas aficiones al margen de lo habitual. En ese juego de espejismos bajo el duro sol del sur se enmarca toda la película. Y no es trivial.
No es trivial, porque el hecho es que Alberto Rodríguez lo sabe, de verdad que lo sabe. Sabe mucho más de lo que pudiese parecer en un principio. En La Isla Mínima el escenario es fundamental, es un elemento de influencia y de cambio: en esta película el entorno es un actor más, es un protagonista fundamental de la trama que articula la vida de los nativos que habitan ese lugar en ninguna parte donde se desarrolla toda la acción.

“El horror es una osadía primitiva. Mi inclinación personal se dirige hacia la naturaleza salvaje y su majestuosidad cruda y desollante, su realidad implacable, que trasciende la pretensión superioridad del ser humano, si no niega incluso su supuesta importancia. En las manos adecuadas el paisaje tiene mayores consecuencias que un mero escenario: se convierte en un personaje o en un antagonista. Es el paisaje el que domina. Es la naturaleza salvaje la que define”

-Laird Barron

La Isla Mínima funciona mucho en ese plano, muchísimo, porque tiene una herencia clara de ese terror ambiental, material, ni místico ni fantasmagórico. Esta película es de alguna manera biznieta de Lovecraft y me atrevo a asegurar que bien por herencia directa (lecturas e investigación) o indirecta (inspiración e influencia de productos culturales basados en ello- aquí si podría entrar True Detective- ), es también hija de autores como Thomas Ligotti o Laird Barron. En la película el mal es el aire, es el sol, es la humedad, es el color del cielo, es la sequedad del aire. Nadie está cómodo en ningún momento, en ninguna situación, en contexto alguno. Todos están serios, están silenciosos, están apesadumbrados. Es la influencia de un entorno maldito y marcado que siempre parece estar preparando un golpe final mientras desespera a sus pobladores. Es el juego de la psicogeografía, la capacidad de un entorno concreto para alterar la psique y la conducta de un conjunto de habitantes. El personaje interpretado por el policía Pedro podría ser capaz de oler también la psicoesfera como Rust Cohle aunque no serviría de mucho en este caso. Nuestro protagonista no puede articular su pesadumbre existencialista y dejamos de esperarlo cuando reconoce no saber quien es Truman Capote. Pero lo seguimos respetando.

CIBASS La Isla Mínima Marismas del Guadalquivir

¿Es lo que parece? ¿Nos estamos pasando de frenada con la interpretación del entorno? bueno, como signo de prueba puede ser suficiente los planos aéreos de la zona durante el metraje. A pesar de tener mucha presencia durante la película, no son siempre iguales. Representan la misma zona, pero son distintos. Los planos del inicio de la película son también de la misma marisma y los mismos pantanos pero a la vez representan el corte seccionado de un cerebro con sus tejidos y organización interna: el pantano es cerebro, es ser vivo y consciente o bien está dentro del cerebro. Entorno y conducta, clima y condicionamiento, habitat y psique. Y está solo en los primeros minutos del film. Pero ahí queda.

La fotografía funciona también muy bien. Enhorabuena a Alex Catalán (premiado en el festival de San Sebastian) por esa sucesión de planos cenitales amplios y altos desde los que refleja los alucinógenos contornos del parque natural de Doñana y las marismas del bajo Guadalquivir. Pero no solo eso, también se luce increiblemente en la composición de escenas y planos de gran belleza, muy representativos, desasosegantes, de lugares abandonados, barcos herrumbrosos que sirven de refugio acuático a traficantes, de miseria e incluso de intimidad, personales, melancólicos, llenos de espacios grises, caras serias y contraluces de los protagonistas. Increíblemente buena fotografía y fundamental en esta obra: Sí Rafael Cobos y Alberto Rodríguez como constructores de un guión con tendencia a lo Lovecraftiano consiguen articular una narrativa oscura y angustiante, la pieza fundamental que dota de todo el efecto requerido a la película es sin duda el trabajo de Alex Catalán. Impecable, precisa y eficaz fotografía.

Solo en la dimensión interpretativa veo lagunas: para resultar eficazmente hierático y conseguir transmitir sin necesidad de hablar tal vez sea necesario disponer de una morfología especial de más arrugas, de un lenguaje facial más explícito, y a fe mía que Raúl Arévalo en su personaje de Pedro no termina de conseguirlo, aunque la construcción de escenas y el uso de primeros planos pretendan tenderle un puente. Lástima pero no me satisface, no es realista, no me resulta eficiente.
Por otro lado y dentro de esta dimensión, el personaje del policía Juan, interpretado por Javier Gutiérrez hace aguas en ciertas partes: policía del franquismo, conocido como torturador y asesino miembro de la temible Brigada Político-Social de la dictadura franquista es a ratos extraño y en varios momentos excesivamente débil. Por decirlo de alguna manera más burda, al personaje de Gutiérrez le falta soltar muchas más hostias. No es de recibo que al asesino de Vallecas, capaz de asesinar a punta de pistola a una joven muchacha desarmada, un guaperas analfabeto del pueblo le vacile tanto y este responda con ‘¿Has traído el pijama? porque vas a pasar aquí la noche’ y que no le caigan por el camino una manta de golpes. El personaje pierde consistencia, de repente se queda anulado y lo perdemos referencialmente. A uno de aquellos policías de la época con bigote y miembro de la aún muy temida ‘policía armada’ nos nos hubiésemos atrevido a vacilarle tanto. Era una época donde todavía la gente ‘saltaba’ por las ventanas.

CIBASS La Isla Mínima Raul Arévalo y Javier Gutierrez

Al final, yo no me siento confundido en cuanto a la resolución, no comparto los reproches por eso que algunos enuncian como ‘flecos sueltos’. Es cierto que hay tramas secundarias que no se cierran en la película: no sabemos el problema de salud que arrastra el personaje de Javier Gutiérrez (el karma siempre lo devuelve todo), ni tampoco sabemos a ciencia cierta como terminó el personaje interpretado por Antonio de la Torre en su particular relación con los narcotraficantes del lugar. Por supuesto tampoco sabemos que ocurrió con los realmente responsables de los casos, pero tal vez sea lo que menos importe dejar de saber. No es lo importante, al fin y al cabo ya somos mayores para haber aprendido que siempre hay impunidad en los poderosos y que los círculos formados por aquellos que detentan el poder se protegerán a si mismos sobre todo si comparten importantes vícios. No es un película que busque el ‘quién lo hizo’ ni nada por el estilo. Es solo un paseo por un entorno gris y opresivo donde la ilustre degeneración campa a sus anchas, una visualización real de un conjunto de pobladores anquilosados en un entorno rural distribuido y separado de cualquier núcleo urbano, en mitad de la nada, un lugar perdido en un tiempo perdido entre dos épocas donde pocas cosas han cambiado dentro de ese organismo vivo que es el pantano, y que sin que llegue a ser el océano consciente de Solaris, bien sabe angustiar suficientemente a los personajes y al espectador.

Extra: Los guiños, los detalles los signos…
La extraña muchacha que camina solitaria por la carretera ¿Homenaje a David Lynch?
Cruces de Caravaca.
Guardias Civiles que (aparentemente) sin querer manipulan pruebas.
La mínima solución viable aplicada al caso: solo los peones reciben la justicia debida.
Cuernos de ciervo en las paredes: ¿Dora Lange?
Una selección del entorno influenciada por la obra de un fotógrafo llamado Atín Aya: La Isla Mínima también tiene su Richard Misrach y su ‘Petrochemical America’ propia.

 

 

CIBASS Puntuación CIBASS Cuatro puntos y medio

 


3 Responses to “La Isla Mínima. Horror, entorno e impunidad”

  1. penyaskito says:

    5/5. Peliculón

  2. […] parece. Podríamos decir que lo que más ha gustado, por repetición, han sido la española “La isla Mínima“, “La Grande Belleza“, y cómo no, “Guardianes de la galaxia“. A la […]

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