Scorsese y su descenso al Copacabana

Por David Rodríguez, @davidjguru

Un hombre ferozmente adelgazado permanece tumbado en una cama mirando al techo. Repta por las sábanas, se lamenta a gritos.
De repente intenta ponerse en pié. Con las pocas fuerzas que le quedan, se concentra como puede en acercarse al espejo, buscando un reflejo de si mismo. Pero lo que ve no termina de gustarle. Lo angustia más, llora, se tambalea.
Suelta un golpe a la pared. En un desesperado intento vuelve a soltar otro golpe sobre el espejo y consigue romper un pequeño trozo. Su mano sangra. Descuelga el espejo de la pared y lo lanza contra el suelo: no quiere volver a ver esa imagen nunca más. Su masoquismo le ha facilitado contemplarse a si mismo y la imagen devuelta no le da para enamorarse, todo lo más que le proporciona son más angustias terribles.

Podría ser el capitán Willard de ‘Apocalypse Now’, pero no lo es. Es Martin Scorsese, el pequeño gran hombre del cine actual. El hombre que nos ofreció la visión complementaria a Woody Allen en cuanto a mostrar una ciudad impresionante que oculta una historia en cada esquina: New York.
El maestro del travelling con y sin acceso al Copacabana:

El fan número uno del ‘Gimme Shelter’ de los Stones:

Como el capitan Willard, él también quería una misión. Y por sus pecados le dieron una.

Martin Scorsese (Little Italy, New York, 1942) un descendiente de italianos que nació y creció en el legendario barrio de Little Italy. En aquella época en mitad del caos de la segunda guerra mundial, el barrio era un hervidero de gente de la peor calaña: mafiosos en cualquier parte. Niños perdidos andando en bandas y cometiendo sus primeros delitos. Para un hijo de italoamericanos obreros (padre sastre y madre costurera), apenas dos opciones: o sacerdote o matón de la mafia.
Como dijo el mismo Scorsese: ‘Elegí lo mejor de los dos mundos’.

Y bien que es verdad. Cuando vemos su cine más mítico, no vemos una impostura, no se trata exactamente de una ficción diseñada específicamente para la puesta en escena. El cine de mafiosos de Scorsese sabe y huele a realidad, porque como le aconsejó su profesor de cine Haig Manoogian: un director debe rodar aquello que le es familiar. Y de las primeras cosas que aprendió Martin en el barrio fue que era y para que servía un revolver.

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Pero estamos todavía lejos en el tiempo. ¿Ha tocado techo? tras ‘Malas Calles’ (1973) y ‘Taxi Driver’ (1976) se encuentra en la cresta de la ola. De su ola. Acaba de recibir la palma de oro en Cannes y de repente empieza a sentirse como un dios terrenal.
Paul Schrader el guionista con el que había trabajado en la película lo enuncia en una entrevista así de claro, así de sencillo, así de real:

“Va a llegar un momento en el que Scorsese tenga el suficiente poder como para no tener que relacionarse con otras personas. Estará tan aislado que se la pegará. Es la historia de siempre”.

Y así es. Su vida personal se entrecruza con su camino profesional: siguiendo una triste costumbre de la época, se embarca en un musical con su pareja de aquel entonces, una Liza Minelli con la que vive una época terrible de caos, adiciones, experimentaciones sexuales y trastornos. Un fracaso en toda regla, en lo personal y en lo profesional. Rompe con Liza Minelli y aquel ‘New York, New York’ casi sepulta su carrera. Sin caer en amarillismos que no tienen sentido aquí, digamos que tuvieron a bien pelearse en público hasta en el mismo día del estreno.

¿Qué siguió? una huida hacia adelante. Documentales. Música. Rock. Fiestas. Más fiestas. Alguna fiesta más. Siempre la misma fiesta. Todos los días eran fiesta. Y cocaína en todas ellas.

Cuando despertó en la habitación del hospital se encontró a si mismo descansado.
Ha vuelto del infierno. Pese a las sondas y las vías abiertas en sus brazos, una parte de su interior se relaja profundamente.
Descubre junto a él a Bobby De Niro, que lo mira sonriendo y empieza a gastarle bromas con su voz socarrona. Le trae un regalo, es un guión de cine. Se lo muestra y ve un título conocido: Bobby lleva varios años hablándole de la historia, aunque Scorsese en realidad nunca le ha prestado atención. Sencillamente nunca había sentido enganche alguno con el relato.
Pero esta vez no hacen falta palabras. Sabe perfectamente porque está ahí ese guión. Se entienden con la mirada.

Es la historia de alguien que desciende a los infiernos por su incontrolable pulsión masoquista, alguien que pasa de ser un campeón reconocido a ser simplemente un perdedor absoluto.

Es el guión de ‘Toro Salvaje’ (1980). Y esta vez tiene sentido. Ya ha conectado con el relato.

La ruedase vuelve a poner en movimiento. Martin tiene una nueva oportunidad.

‘…War, children, it’s just a shot away…’

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